Una de las raras ocasiones en que María Moreno (Madrid, 1933-2020) aceptó aparecer ante la cámara fue durante el rodaje de El sol del membrillo (1992), la película experimental que Víctor Erice dedicó al proceso creativo del pintor Antonio López. En una secuencia, Moreno conversa con López, su marido, acerca de la incidencia de la luz matinal en el árbol frutal ubicado en el jardín de su casa. Esta conversación ocultaba una presencia real de mucho más calado: María Moreno fue productora ejecutiva del filme y consiguió financiación para concluirlo y estrenarlo. Sin embargo, su profesión no fue la producción cinematográfica, sino la pintura. Durante toda su vida adulta, Moreno se dedicó al arte con persistencia y discreción. Seis años después de su fallecimiento, su trabajo llega al público en forma de exposición. La muestra María Moreno. Hacia la esencia de la luz se inauguró en junio en el Museo del Realismo Español Contemporáneo de Almería, donde podrá verse hasta el 4 de octubre. El comisario Juan Manuel Martín Robles, director del centro, ha seleccionado 69 obras que permiten trazar, en sus palabras, “un recorrido transversal por toda la biografía de María Moreno, desde sus inicios en los años cincuenta hasta los últimos cuadros que realizó en la década de 2010″. Son más de seis décadas de trabajo. Y un esfuerzo logístico notable: aunque en la exposición hay piezas procedentes de 36 colecciones distintas, algunas de ellas en Reino Unido y Alemania, es la primera vez que una muestra permite abarcar la totalidad de su carrera y salda una vieja cuenta pendiente. María Moreno estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde conoció a su futuro marido —se casaron en 1961— y también al grupo de colegas que, con los años, pasaría a la historia del arte español bajo el marbete del realismo madrileño: en él estaban también Julio López Hernández y Francisco López, Isabel Quintanilla, Esperanza Parada y Amalia Avia. Aquella generación no se lo puso fácil a las mujeres que querían dedicarse al arte. Incluso aunque sus maridos las apoyaran, la situación general era la que explicó su coetánea, la escritora Francisca Aguirre: es complicado trabajar en tu propia obra cuando lo que esperan tus compañeros de profesión es que participes en sus tertulias, sí, pero sin descuidar las tareas domésticas. Martín Robles matiza que el caso de Moreno es más complejo: “En esta época, muchas artistas se veían perjudicadas por el hecho de ser mujeres, pero en este caso también hay que tener en cuenta la propia personalidad de María Moreno, que no tenía la ambición de un pintor al uso. Vivía la pintura de forma muy íntima. Pintaba para ella misma”. La recuperación de la obra de Moreno llega después de sendas retrospectivas dedicadas a reivindicar el trabajo de Avia (en 2022, en la sala Alcalá 31 de Madrid) y Quintanilla (en el Thyssen, en 2024).Los comienzos de María Moreno fueron prometedores. En 1966 expuso un conjunto de pinturas en la galería Edurne, la misma de artistas como Manolo Millares o Fernando Zóbel. Aquella fue su primera exposición individual. También sería la última que realizó en España: las otras dos tuvieron lugar en Franfurt, en 1973, y en París, en 1990. Nunca dejó de pintar, pero se mantuvo en un segundo plano. Durante las décadas siguientes, vendió sus obras dentro y fuera de España. Participó en decenas de exposiciones colectivas dedicadas a la generación de artistas a la que perteneció. Su prestigio creció lentamente. Antonio López ha declarado en varias veces el deslumbramiento que le produjo descubrir el talento artístico de su esposa, algunos de cuyos hallazgos —el manejo de la luz, la atención al volumen— influyeron en su propia obra. El Museo del Realismo Español Contemporáneo (Murec), inaugurado en 2024 en las instalaciones del antiguo hospital almeriense, y promovido por la Fundación de Arte Ibáñez Cosentino, centra sus colecciones y actividades en torno al arte realista del siglo XX. En sus fondos hay obras de precursores como Joaquín Sorolla o Antonio Fillol y, sobre todo, una gran sala dedicada a la Escuela de Madrid. Antonio López ha estado implicado en la organización de esta exposición dedicada a su esposa, donde también hay varias pinturas suyas.María Moreno centró sus esfuerzos en los géneros académicos clásicos: el paisaje, el bodegón, las escenas de interior. Es una decisión aparentemente humilde. Pero su singularidad como artista reside en su punto de vista, en sus encuadres fragmentarios que recuerdan a la fotografía, aunque, como recuerda el comisario, la artista siempre pintaba del natural. Sus interiores domésticos están llenos de puertas que dejan entrever habitaciones y paisajes. La cronología de las obras permite seguir el rastro a las viviendas que habitaron, desde un piso en el madrileño barrio de Delicias a la casa con jardín donde todavía reside López, en una colonia del barrio de Chamartín, o su casa de Tomelloso. Hay en estas obras todo un catálogo de la vida cotidiana en las periferias de mediados del siglo XX: aparadores de madera, camas de hierro en alcobas ciegas, portales en penumbra, suelos de cerámica o baldosa hidráulica, calendarios colgados con chinchetas, interruptores y puertas de madera con las molduras que podían permitirse los carpinteros más humildes. También hay una evolución cromática: en los primeros años, su paleta es sombría, llena de ocres y grises, y recuerda que son los años de El Jarama, Nada y Entre visillos. A partir de los setenta, sin embargo, su pintura da cabida a colores más luminosos y espacios abiertos: hay ventanas a jardines, paisajes quemados por el sol, en ocasiones, pintados al mismo tiempo y en los mismos escenarios donde Antonio López creó algunas de sus pinturas más célebres. También hay flores y bodegones que adquieren nuevos matices al contemplar el conjunto de su obra: algunos muebles se repiten, como un aparador que pasaría del salón de su primera vivienda al estudio de pintura de sus últimas décadas.Aunque Moreno siempre se definió como pintora, su paso a la posteridad podría venir de la mano de sus dibujos. No es casualidad que entre las dos únicas piezas suyas que custodia el Reina Sofía haya un espectacular dibujo de una ventana que da a un patio de luces. Aunque esta obra no forma parte de la exposición del MUREC, Martín Robles sí ha elegido otros 19 ejemplos que revelan, tanto o más que cualquier pintura, la precisión y la ambición poética de la artista. En estas grandes obras a grafito sobre papel, la delicadeza de los trazos, la expresividad de los claroscuros y la inteligencia de la composición denotan una ambición que va mucho más allá del dibujo académico. También una modernidad rotunda en las antípodas de lo decorativo. Meditativa y perfeccionista, María Moreno no es conocida por pintar retratos, aunque la exposición incluye algunos ejemplos: un autorretrato muy temprano e inconcluso, fechado en París en 1957, y también el gran retrato de Antonio López vestido de calle y tendido en la cama que Moreno aparece pintando en una de las escenas finales de El sol del membrillo. En esta secuencia de la película, los roles se invierten: el artista consagrado se convierte en modelo y posa hasta quedarse dormido. Entre tanto, ambos conversan. De sus palabras se infiere que este retrato es un viejo proyecto que Moreno ha decidido retomar tras una larga interrupción. López sugiere a su esposa que se deshaga de la primera versión para empezar de cero en un lienzo en blanco, y trabajar con más libertad, sin restricciones. Ella titubea. Dice que le parece una buena idea, pero le pide unos días para decidirse. Sigue pintando. Parece saber perfectamente lo que hace y lo que quiere.