Jorge Volpi (Ciudad de México, 58 años) vive en una casa con patio en la calle de Colombia, en el barrio de Hispanoamérica, donde las calles de Madrid tienen nombre de países que engrosan las grandes migraciones hacia EE UU y España. El actual director del Centro Cultural Conde Duque está tan harto de las “ficciones y las mentiras” que rodean al debate sobre la migración, que este mismo año ha publicado el ensayo Invasión alienígena. El falso problema migratorio (Debate), donde explora por qué “la extrema derecha ha convertido al migrante en el enemigo” y en la explicación de todos los males de Occidente.Volpi, doctorado en Filología Hispánica en Salamanca, se divierte posando ante la cámara con una camiseta con la ilustración de un extraterrestre para hablar de su libro. Defiende que las personas construyen la realidad mediante relatos compartidos. La religión, los Estados o las naciones son “ficciones identitarias”. La nacionalidad también lo es, y aplicada a la política, se convierte en “la principal fuente de discriminación del planeta”. “Nadie elige dónde nacer, pero ese golpe de azar determina si puedes tener una vida próspera o terrible y oscura”. Ahí está la “gran paradoja” que identifica Volpi: “Los sistemas económicos de los países receptores, sobre todo en la Unión Europea y EE UU, les están ofreciendo trabajo porque les necesitan, pero a la vez les están criminalizando. Si no hubiera empleo, simplemente no vendrían”. Una lógica que considera “de una perversidad inaudita”.Precisamente por eso Volpi aplaude la regularización extraordinaria, porque es “reconocer lo que ya existe”. “España crece y habrá pensiones gracias a toda esa masa migratoria que está contribuyendo en miles de sentidos posibles al bienestar de la sociedad española”. El autor de Una novela criminal, premio Alfaguara en 2018, insiste en remarcar los beneficios económicos de la migración, porque cree que es el discurso “más eficaz” ante las mentiras “azuzadas por la extrema derecha”. Esas que hablan, precisamente, de una “invasión” migrante.“Los migrantes no son demasiados. Ni siquiera son muchos. Solo el 3% de la población mundial vive fuera de su país de origen. No aumentan la criminalidad, no arrebatan el trabajo a la población local y mucho menos acaban con las costumbres y tradiciones del lugar que les acoge. Hay problemas que se pueden derivar de la llegada de personas a lugares concretos, y hay que tratarlos. Pero no hay algo que podamos llamar problema migratorio”.La extrema derecha es también responsable, según Volpi, de que medidas como la regularización extraordinaria que aprobó el Gobierno el pasado mes de abril ahora sean cuestionadas por algunas fuerzas políticas. “Es un proceso que ha sido común en el Estado español, tanto con gobiernos conservadores como progresistas. Era normal hasta la aparición de Vox, que ha contaminado el discurso y dificulta que el Partido Popular apoye medidas que sus anteriores gobiernos también han llevado a cabo”.Las segundas y terceras generaciones de migrantes que votan a la ultraderecha olvidan que sus abuelos migraron hacia el otro ladoEs la misma lógica que se aplica en la Unión Europea, cuyas políticas migratorias cruzan ahora límites que antes parecían inaceptables. “La desafección frente al proyecto europeo original ha generado un discurso hipernacionalista que ha convertido al migrante en el enemigo. Han conseguido que lo que antes era una pura muestra de racismo sea aceptado por el resto del espectro político, que ahora trata la migración como si fuera un problema en sí mismo”. “Lo que pasa es también resultado del desmantelamiento del Estado del bienestar en los países europeos. La educación pública o la sanidad funcionan peor, hay una frustración generalizada… Cuando eso ocurre, lo más fácil es buscar un enemigo al que culpar. Y es más sencillo aún si ese enemigo no se parece a ti”.Pero lo cierto es que sí se parecen. EE UU se construyó sobre la migración. Latinoamérica está repleta de apellidos europeos. Pero ahora, los que antes eran países de origen, se esfuerzan en dificultar la llegada de nuevos migrantes. Es muy fácil olvidar, dice Volpi. Las segundas y terceras generaciones de familias migrantes “ahora votan a la ultraderecha”. Olvidan que sus abuelos y bisabuelos “emigraron hacia el otro lado”.