Acaba de publicarse en Estados Unidos un libro singular en el que Theo Baker, todavía estudiante, escribe sobre la universidad en la que estudia, la Universidad de Stanford. El antropólogo Arjun Appadurai, al hacer una reseña del libro propone la imagen de la universidad convertida en aplicación como resumen de lo que explica Baker. No estaríamos hablando de una institución con fines propios que poco a poco se ha ido desviando, sino un dispositivo cuidadosamente diseñado por el cual el decisor real de la institución es externo. Silicon Valley toca la pantalla y Stanford responde.
La metáfora incomoda porque por un lado invierte lo que dábamos por supuesto. En la idea humboldtiana clásica, la universidad es una comunidad relativamente autónoma orientada al conocimiento y a la formación de personas. En la narración crítica de Baker, los estudiantes no son miembros de esa comunidad sino su producto seleccionado, y el valor educativo queda subordinado a la idea de la institución en función de incubadora. Según relata Baker, los fondos de capital riesgo reclutan a estudiantes de primer y segundo curso porque creen que las cualidades que buscan ya las tienen esos estudiantes y que más bien lo que ocurrirá es que la universidad provocará su deterioro. Lo que dicen es que apuestan por el jinete y no por el caballo, ofreciendo así contratos y fondos a chavales que aún no tienen ninguna idea técnica concreta.








