“Cuando un hombre está cansado de Londres, está cansado de la vida”, escribió Samuel Johnson. Pocas ciudades europeas permiten recorrer, en apenas unos kilómetros, una secuencia tan intensa de lenguajes arquitectónicos como Londres. La capital británica no responde a una única tradición unívoca sino que es más bien una intensísima superposición de épocas, estilos, ambiciones y movimientos. En ella conviven la herencia neoclásica imperial, la radicalidad del brutalismo de posguerra, la exuberancia tecnológica del high-tech y, más recientemente, nuevas formas de experimentar lo cultural y lo productivo con rabiosa contemporaneidad.
Ese carácter ecléctico no es casual. Londres ha sido, durante décadas, un laboratorio vibrante de arte y de arquitectura, donde la ciudad permite ensayar a gran escala: desde la creación de la capital de un extenso imperio, la reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial hasta las operaciones de regeneración contemporánea vinculadas a los Juegos Olímpicos del 2012 y a las emergentes economías creativas.
En pocas ciudades europeas conviven con tanta naturalidad la obsesión por conservar, la voluntad de reconstruir y el impulso constante por reinventar lo existente. El resultado es un paisaje del todo heterogéneo, una especie de archivo urbano donde las diferencias y los contrastes conviven en una sorprendente armonía.







