Jacquiline Msambila (27 años, Dar es Salam) abre en su móvil la aplicación de la Conferencia de Sostenibilidad de Hamburgo y muestra todos los contactos que ha hecho durante este evento organizado en la ciudad alemana a finales de junio. La fundadora de la Red Africana de Transformación Digital y de la Asociación Tanzana de Mujeres y Tecnología no solo ha venido a Hamburgo a participar como ponente en tres foros sobre inteligencia artificial (IA). También busca alianzas y financiación para sus proyectos en Tanzania, con los que combate las desigualdades de género en el ámbito digital, en el acceso a financiación para start-ups (empresas emergentes) y en el desarrollo de la IA. Sabe cómo tocar puertas porque desde los 19 años se mueve en el mundo del aprendizaje empírico, las becas educativas y las conferencias sobre tecnología. “Siempre he querido cambiar las cosas en mi comunidad. A veces, ves que las jóvenes tienen una perspectiva muy encasillada de su futuro: terminar el instituto, casarse y ser madres. Yo quería más para mí y para otras chicas”, asegura la joven, en entrevista con EL PAÍS en Hamburgo. “Tenemos que mantenernos unidas porque tenemos un reto común: en el mundo aún se nos considera ciudadanas de segunda clase”, agrega Msambila, que ahora trabaja como asesora en transformación digital para el Consejo Consultivo de Juventud de la Delegación de la Unión Europea en Tanzania. Una vez más, la brecha de género está presente, hay muy pocas mujeres trabajando en IA, modelos de lenguaje o aprendizaje automáticoPara ella, cerrar la brecha es urgente. Más ahora, cuando el continente se prepara para entrar en la carrera del desarrollo de la IA. “Por primera vez en años, como dijo el director general de Smart Africa [Lacina Koné], tenemos la oportunidad de sentar las bases y tomar el control de nuestros datos. La mayoría de los países africanos está desarrollando ahora sus estrategias nacionales de IA”, celebra. Pero, luego, advierte: “Por desgracia, una vez más, la desigualdad de género está presente; hay muy pocas mujeres trabajando en IA, modelos de lenguaje o aprendizaje automático”. En África subsahariana, los hombres entre 15 y 24 años tienen un 60% más de probabilidades que las mujeres de esa misma franja de edad de poder realizar al menos una tarea relacionada con las tecnologías de la información y la comunicación, según un estudio de Unicef. Esto, de acuerdo con un informe del Banco Mundial, se debe a que ellas se enfrentan a barreras en la educación, en el acceso a internet o a un teléfono móvil, así como a los roles de género impuestos por la sociedad. Esto, al final, reduce sus posibilidades de aprovechar esas herramientas para generar ingresos e innovar. Desde 2024, Msambila trabaja para reducir esa brecha desde la raíz, en las zonas rurales de Tanzania. Fundó la Red de Transformación Digital de África y organizó su primer curso para mujeres en Morogoro, ubicada a 200 kilómetros de Dar es Salam. Pidió recursos al Fondo Malala, del que forma parte, y consiguió que empresas le patrocinaran ordenadores y acceso a internet. “El objetivo es formarlas y despertar su curiosidad. Porque suelen pensar que la tecnología ‘es cosa de chicos’. Por eso les decimos: ‘¿Ves tu WhatsApp? Puedes usarlo para hacer negocios, no solo para hacerte selfies y fotos. Puedes crear una tienda online y mejorar tu vida", explica. Luego, dio el salto a impulsar start-ups. En África subsahariana, alrededor del 30% de los negocios son propiedad femenina, de acuerdo con el Banco Mundial. Pero, como advierte la organización internacional, “aunque el emprendimiento femenino alcanza niveles récord en otros sectores, su participación en la industria tecnológica sigue siendo significativamente menor”. Solo el 15% de las emergentes tecnológicas africanas están dirigidas exclusivamente por mujeres y reciben menos del 1% de la financiación total destinada al sector, según datos de Growth Gateway, un consorcio británico que impulsa el crecimiento económico sostenible. “Es un ecosistema complicado”, confirma Msambila, “porque la mayoría de empresas no confían en los negocios emergentes dirigidos por mujeres. Creen que los hombres pueden gestionar mejor las finanzas y deciden financiar sus proyectos y no los de ellas”. Por eso, reunió a innovadoras en el proyecto SheTech, una incubadora que acoge a una decena de mujeres por cada cohorte anual que abren: hasta ahora, ya han impartido tres cursos. “Algunas tienen incluso prototipos y quieren convertirlos en un negocio, pero no saben por dónde empezar. Nosotros les enseñamos cómo funciona el mercado, las normas para registrar una empresa y les ayudamos a desarrollar su producto. Cuando están listas, organizamos eventos para que presenten sus propuestas ante clientes potenciales, como bancos o empresas”. La mayoría de empresas no confían en los negocios emergentes dirigidos por mujeres. Creen que los hombres pueden gestionar mejor las finanzas y deciden financiar sus proyectos y no los de ellasLa mayoría de emprendimientos que impulsan están relacionados con el comercio electrónico, pero cada vez más encuentran proyectos de healthtech (tecnología sanitaria) pensados por y para mujeres. En uno de los foros de la Conferencia de Sostenibilidad de Hamburgo, Msambila destacó el caso de Saritani AI, una herramienta que facilita la detección temprana de cáncer de cuello uterino. Aunque reconoce que no todas sus alumnas consiguen financiación, merece la pena seguir ayudándoles a conseguir oportunidades. “Nunca se sabe. Por ejemplo, una de las chicas consiguió el respaldo de Vodacom [el grupo de telecomunicaciones africano controlado mayoritariamente por Vodafone]. O, en otras ocasiones, algunas partes interesadas nos han preguntado por el contacto de alguna de nuestras innovadoras porque les interesa trabajar con ellas”, afirma.Msambila, graduada en Filosofía y con un máster en Gobernanza y Servicio Público, sigue estudiando. Tras pasar por cursos de informática, programación e IA, se ha apuntado a la plataforma DataCamp para aprender sobre energía aplicada a centros de datos. “Me apunto a todo para aprender. Una vez sé cómo hacerlo, empiezo a enseñarlo a otras chicas. Me encanta, me hace sentir parte del cambio”.