Desde hace décadas, cuando no cientos de años, conocemos el porqué de muchas de las necesidades humanas básicas como comer, beber, respirar o reproducirnos. Sin embargo, como escribe el neurocientífico británico Matthew Walker en las páginas de Por qué dormimos (Capitán Swing, 2019), existe un impulso biológico principal compartido por todo el reino animal —la necesidad de dormir— que “ha seguido evitando a la ciencia durante milenios y sigue siendo uno de los últimos grandes misterios biológicos”. Aún hoy, reconoce Juan Antonio Madrid, catedrático de Fisiología de la Universidad de Murcia y autor de El sueño del sapiens (Plataforma Editorial, 2025), existen varias hipótesis con apoyo experimental, pero no hay “una explicación básica fundamental al porqué del sueño que sirva para todas las especies y que esté al nivel de la explicación que tenemos, por ejemplo, a por qué respiramos”. Lo que está claro, en todo caso, es que, si el sueño ha persistido desde hace más de 600 millones de años y sobrevivido a la evolución en todas las especies con un cerebro mínimamente complejo, a pesar de su aparente sinsentido —nos deja vulnerables a la depredación e impide que nos alimentemos, nos reproduzcamos o socialicemos—, es porque, como apunta Walker, “debe comportar tremendos beneficios que superan con creces todos los riesgos y desventajas obvios”. Para María Cristina Nicolau, investigadora principal del grupo de Neurofisiología Funcional y Clínica del Institut Universitari d’Investigacions en Ciències de la Salut de la Universitat de les Illes Balears, el hecho de que la pregunta “¿por qué dormimos?” siga sujeta a debate se debe “a que no se puede encontrar una causa única a un fenómeno multifuncional y complejo, representado por una interacción entre procesos homeostáticos y circadianos, pero también cognitivos y fisiológicos”. En todo caso, recuerda que está más que demostrado científicamente que el sueño sirve para “la restauración física y cerebral, la regulación metabólica e inmunitaria, la consolidación de la memoria, la plasticidad sináptica y la eliminación de productos de desecho del sistema nervioso central”. Es decir, como resume Juan Antonio Madrid, seguimos durmiendo “porque la naturaleza no ha encontrado una forma mejor de reparar nuestro organismo”. El sueño REM, distintivo humano Tener sueño y dormir es algo que el ser humano comparte con otros mamíferos y especies animales. María Cristina Nicolau, por ejemplo, ha estudiado el sueño de los caballos, que evolucionó para tener una alta capacidad de reacción al entorno, de forma que alternan reposo y episodios de sueño más breves para conservar cierto grado de vigilancia. Por eso suelen dormir de pie y solo se tumban cuando se sienten completamente seguros en su entorno. “Muchos animales reducen o modifican el sueño de acuerdo con su vulnerabilidad. Cada especie duerme según sus restricciones ecológicas”. En el caso de los humanos, en el tránsito del Homo habilis al Homo sapiens, explica Nicolau, la progresiva encefalización, la sociabilidad, el control del fuego y la reducción del riesgo nocturno provocó una modificación de las condiciones en las que se dormía, el contexto ecológico o la vida social. “Todo esto pudo permitir dormir en lugares más seguros. Lo que hizo, por tanto, la evolución hasta el Homo sapiens fue transformar la forma de dormir”. Y esa transformación, bajar de los árboles —donde aún dormían los Australopithecus afarensis— al suelo y dormir bajo la protección del fuego y del grupo social, fue esencial en el desarrollo humano: necesitamos dormir menos horas que otras especies de homínidos porque tenemos un sueño más eficiente, más intenso, más profundo y con mayor porcentaje de sueño REM. “Si dormir es desconcertante, dormir en REM lo es todavía más, porque en esta fase el cerebro está muy activo y el gasto energético es alto, de forma que en ella no descansa”, sostiene Juan Antonio Madrid. Según el experto en cronobiología, el sueño REM, que en los humanos representa alrededor del 20% y el 25% del sueño total, es el que, de alguna manera, nos hace humanos y nos diferencia de otras especies animales, porque es ahí donde se producen los sueños y donde tienen lugar procesos fundamentales para la memoria y el aprendizaje. “Se piensa que el sueño REM es la clave de la evolución del ser humano en el ámbito cultural, religioso, de creación de relatos identitarios, innovación tecnológica, etcétera, porque al soñar podemos saltarnos todas las barreras de la lógica, de la física, del tiempo y del espacio, lo que nos permite hacer asociaciones que nos llevan más allá de la realidad conocida. Además, el sueño REM es muy intenso en momentos clave del neurodesarrollo como son el tercer trimestre del embarazo y los tres primeros años de vida. En estos periodos, la mayor parte del sueño es REM, que ejerce como una especie de arquitecto neuronal y cerebral”. ¿Podemos vivir sin dormir? Se estima que, con la generalización de la luz artificial, se habrían perdido entre 60 y 90 minutos de sueño diario en el último siglo y medio. Hoy, en países como España, más de la mitad de la población no duerme las horas recomendadas (siete como mínimo) para un descanso saludable. “La electricidad y los avances tecnológicos no han eliminado la necesidad de dormir, más bien han hecho más fácil ignorarla. Pero el precio fisiológico, cognitivo y social que pagamos por reducir el tiempo de sueño es muy elevado, porque dormir no es un lujo o una pérdida de tiempo, sino una condición necesaria para el mantenimiento de la salud”, avisa María Cristina Nicolau. De hecho, es numerosa la evidencia científica que relaciona ya el déficit crónico de sueño generalizado en los países occidentales con un incremento de la incidencia de múltiples enfermedades, entre ellas las cardiovasculares, las neurodegenerativas, las metabólicas, el cáncer o los trastornos mentales. Por ello, según la investigadora de la Universitat de les Illes Balears, “es muy difícil” pensar que se llegue a inventar algo que permita reducir drásticamente o anular la necesidad de dormir “de forma limitada, segura y compatible con los ritmos biológicos, ya que el sueño es un estado activo y fisiológico, regulado y relacionado con múltiples funciones del organismo que implica una reorganización global del funcionamiento corporal”. Juan Antonio Madrid apunta en ese sentido a investigaciones realizadas en laboratorio con la mosca del vinagre en las que se fue seleccionando durante casi un centenar de generaciones a los ejemplares que menos dormían para lograr ver hasta qué punto podría reducirse el sueño de la especie. “Lo que se comprobó es que a partir de la generación 13 o 14 ya no se podía reducir más el sueño y que este se estabilizaba, porque por debajo de esa barrera los animales se morían a pesar de estar bien alimentados, de no tener depredadores y de estar en unas condiciones térmicas óptimas. Imaginemos si los llegan a sacar a la naturaleza…”, explica. Lo más fascinante, según el experto, es que cuando los investigadores volvieron a permitir que las moscas se reprodujesen de forma libre, sin selección genética, rápidamente, en apenas unas pocas generaciones, la especie volvió otra vez al punto de sueño de equilibrio, durmiendo las mismas horas que al inicio del experimento.