Voluntarios, vecinos y organismos de socorro se unieron a las labores de búsqueda mientras familiares esperaban noticias de quienes permanecían bajo los escombros.Foto: Itzel Martínez Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Apenas habían pasado unas horas desde el terremoto que sacudió a Cali cuando la escena en la calle Quinta con Carrera 44 cambió por completo. Donde normalmente pasan buses, motos y cientos de personas, había escombros, uniformados, bomberos y ciudadanos esperando una señal desde lo que hasta la mañana del lunes era un edificio de cinco pisos.Vea: Así avanzan los rescates en Cali tras el terremoto en ColombiaEn el primer piso del edificio colapsado funcionaba una droguería, mientras que en los otros pisos había apartamentos, que quedaron completamente colapsados, por lo que en lo que se han concentrado los equipos de rescate es en retirar los escombros a la espera de encontrar personas con vida. El silencio se convirtió en una herramienta de rescateA cada momento, alguien levantaba los brazos y pedía lo mismo: silencio. Los rescatistas detenían por unos segundos las labores y quienes estaban alrededor dejaban de hablar, mover escombros o caminar para intentar escuchar lo que pudiera venir desde el interior.Desde algún punto de la estructura se daba una instrucción: “si hay alguien con vida, haga un ruido”. Y entonces todos esperaban. No era una espera tranquila. Era la espera de quienes sabían que cualquier ruido es una esperanza de poder rescatar a alguien.“Solo necesitamos silencio”, era una de las frases que se escuchaba entre quienes permanecían en el lugar. La búsqueda se convirtió así en una carrera contra el tiempo, pero también en un ejercicio de paciencia; retirar un bloque, detener las máquinas, escuchar y volver a empezar.Para Jesús, un ciudadano que vive a pocas cuadras y llegó al lugar como voluntario, la prioridad era encontrar a quienes seguían atrapados. “Yo estoy desde las 10 de la mañana dándole”, contó mientras ayudaba en las labores y explicaba que, además de manos, en ese momento hacían falta herramientas e insumos para mantener y agilizar el operativo.Una ciudad que llegó a ayudarDurante la jornada, los voluntarios también hablaban de la necesidad de conseguir guantes, agua, combustible y vehículos que pudieran apoyar el retiro de los escombros. Algunos llegaban simplemente preguntando qué podían hacer. Otros se ponían guantes y comenzaban a retirar material con sus propias manos.“Necesitamos guantes, gente que tenga volquetas, que tenga posibilidad de vender diésel”, explicó Jesús. La falta de energía, además, complicaba algunas de las tareas necesarias para mover los materiales.La escena se repetía alrededor del edificio. Bomberos voluntarios llegaban y salían del perímetro, recibían agua y alimentos y regresaban al punto de búsqueda. Los vecinos se acercaban con lo que podían conseguir para ayudar. Otros permanecían a distancia, esperando información sobre familiares o conocidos.Santiago, un artista plástico que salió de su casa en bicicleta después del terremoto, llegó al lugar por una razón sencilla: quería ayudar, “en mi casa no pasó nada, todos están bien. Yo no me iba a quedar ahí cuando sabía que podía ayudar, en cualquier cosa”. Allí encontró a otras personas haciendo lo mismo. Una mujer, contó, buscaba a su tía, pero entre llanto lo único que pedía era “sáquenla bien, o sáquenla al menos”. Los equipos de rescate, mientras tanto, restringían el ingreso de personas al área para evitar que más personas quedaran expuestas. La estructura era inestable y aun se corría el riesgo de que se pudiera dar un nuevo derrumbe.Entre el calor, los escombros y la esperanzaCali vivió una tarde sofocante mientras los equipos de emergencia trabajaban durante horas entre los escombros. El agua, los alimentos y los insumos comenzaron a convertirse en parte de la cadena de ayuda que se movía alrededor de los puntos más afectados de la ciudad.La escena de la Quinta con 44 se repite en diferentes puntos de Cali, especialmente en el sur, las comunas 18 y 19, donde está la mayoría de edificaciones colapsadas.Pero en esa esquina, por momentos, todo se reducía a una sola palabra: Silencio. Porque después de que la tierra dejó de moverse, la ciudad tuvo que aprender a escuchar.Temas recomendados: