Hace unos meses, mi hijo adolescente, diagnosticado con autismo, me dijo algo que me rompió el corazón: "Mamá, no entiendo por qué la gente se ríe cuando digo algo gracioso. Yo no estaba bromeando." Llevaba semanas observándolo en el parque, viendo cómo se acercaba a otros chicos con la mejor intención, pero siempre terminaba solo en un columpio. No es que no quisiera socializar; es que el manual de instrucciones social que todos parecen tener por defecto, a él nunca le llegó.

Como ingeniera de software y madre, mi primer instinto fue buscar una solución tecnológica. Probé con apps de tarjetas de conversación, videos de ejemplos sociales... pero todo era demasiado estático, demasiado frío. Hasta que un día, mientras jugaba con ChatGPT en modo de simulación para practicar una entrevista, me di cuenta: si la IA puede simular un entrevistador, ¿por qué no simular un compañero de clase, un compañero de trabajo o un cajero de supermercado?

Así nació mi obsesión por crear un sistema de aprendizaje personalizado de habilidades sociales para adultos con autismo, usando la inteligencia artificial generativa. No hablo de reemplazar la terapia humana, sino de un complemento que se adapte al perfil sensorial y a los intereses de cada persona. Y lo mejor: funciona en la comodidad de tu casa, sin el pánico de una mirada que te juzga.