Hay algo revelador en el hecho de que el Día Internacional de la Juventud se celebre el 12 de agosto. La fecha, fijada a iniciativa de la Conferencia Mundial de Ministros responsables de Juventud y posteriormente asumida por Naciones Unidas, coincide con un momento del año en el que buena parte de Europa ha suspendido el debate público y la atención política se encuentra en mínimos. No deja de ser una metáfora elocuente del lugar que ocupa la juventud en nuestras democracias: suficientemente relevante como para merecer una efeméride, aunque rara vez lo bastante importante como para alterar las prioridades del debate público.

Tampoco deja de resultar significativo que la conmemoración no remita a ninguna conquista histórica protagonizada por personas jóvenes. No recuerda una huelga, una revuelta democrática, una ampliación de derechos o una movilización. Su origen es estrictamente institucional. Como si la juventud hubiera irrumpido en la agenda pública antes como objeto de políticas que como sujeto de transformación.