Más de 640.000 plazas de alojamiento, 14 millones de visitantes al año y una facturación que supera los 21.000 millones de euros. Un siglo después de sus primeros turistas, la Costa del Sol es una máquina bien engrasada y asentada como uno de los principales destinos de sol y playa del planeta. Su salud es de hierro. Vive el mejor momento de su historia: el año pasado recibió a uno de cada tres viajeros que llegaron a Andalucía para batir todos sus récords, que se prevén superar de nuevo en 2026. Es un sector sostenido por más de 150.000 personas, muchas de ellas formadas en la facultad de Turismo de la Universidad de Málaga, centro que acaba de cumplir su 30 aniversario y lo celebra estrenando nueva sede. Un espectacular edificio proyectado por el estudio navarro Vaillo + Irigaray que, eso sí, lleva un año cerrado. Y puede estarlo otro más ante las dificultades económicas que atraviesa la institución educativa, unidas a los retrasos administrativos para dotarlo de equipamiento. Acabado en julio de 2025, hoy nadie sabe cuándo empezarán allí las clases.El edificio es uno de los pilares de la ampliación del campus de Teatinos. A su lado llama la atención la atractiva facultad de Psicología y Logopedia, blanca, impoluta. También la de Estudios Sociales y del Trabajo, además de la Escuela de Ingenierías. Todas son recientes y su suma está cambiando el centro de gravedad universitario hacia esta zona, alejada de todo pero con parada de Metro. Allí nada brilla como este inmueble, todo hormigón. Una sobria apuesta por el gris donde la repetición —esa colmena de ventanales convertida en celosía— se vuelve adictiva: es imposible dejar de mirar. Traspasar cualquiera de sus tres accesos supone adentrarse en un mar de luz gracias al vidrio que conecta exterior e interior. Su reducida paleta de materiales se completa con madera, presente en los espacios que necesitan más calidez y cariño, como las aulas. Tiene 21.000 metros cuadrados y capacidad para 2.000 alumnos, el doble de los actuales en sus dos grados, tres dobles grados, tres másters y sus distintos programas de doctorado. Siempre, claro, que abra sus puertas. Cuando el edificio se presentó en septiembre del año pasado, el rector, Teodomiro López, anunció que estaría en funcionamiento a partir del curso 2026-27. El pasado mes de abril repitió la fecha, pero no aclaró si el alumnado empezará allí sus clases en septiembre o más tarde. Con el edificio completamente vacío, sin amueblar, y numerosos trámites administrativos pendientes —desde la licitación de la red de datos a trasladar los fondos de la biblioteca—, todo hace sospechar que será más tarde. “No sabemos si empezaremos allí el curso, pero sí que lo acabaremos”, aclara cauto el decano, Antonio Peláez. Lo hace mientras recorre el espacio como un niño con zapatos nuevos, abriendo los ojos aún con sorpresa pese a conocer cada milímetro del edificio, cuyas dependencias muestra con orgullo. Se detiene de manera especial en los patios, con vegetación escasa por las limitaciones de la sequía y sombra a raudales. Tiene pinta de que el alumnado va a pasar en ellos bastante tiempo. “Los van a disfrutar mucho”, afirma con una sonrisa.La parcela de la nueva facultad fue una antigua cantera y, después, un vertedero. Terreno con poca estabilidad que obligó a construir pilotes de hasta 25 metros para ejercer de cimientos. Sus obras arrancaron en 2019 con un presupuesto de 24 millones y se acabaron en julio de 2025 con un precio final de 34 millones debido a los sobrecostes de la pandemia y la guerra de Ucrania. Su diseño cuenta con un condicionante básico: la cercanía del aeropuerto de Málaga, que imponía fuertes restricciones en altura. Ante la imposibilidad de crecer hacia arriba, lo hizo a los lados, a lo ancho, con tres edificios distribuidos en una y griega que conforman uno mayor gracias a su conexión a través de un atrio central, gigantesco, el corazón que hará latir al edificio. Muy luminoso, su cobertura en diente de sierra le permite respirar. “Todo está pensado para un programa tan extenso como específico de los estudios de turismo, pero en este edificio hemos llevado el concepto de flexibilidad hasta el límite. Mañana se puede adaptar a cualquier otro uso porque la tabiquería interior se puede modificar fácilmente”, señala Antonio Vaíllo, arquitecto del estudio que ha diseñado este imponente edificio y también otros grandes proyectos como el Centro de Investigación Biomédica de Pamplona o una fábrica farmacéutica en Lekaroz (Navarra). Vaíllo enfatiza también la eficiencia climática. Además de calefacción, sistemas de aire acondicionado —cuya energía procederá de paneles fotovoltaicos para el autoconsumo— permiten refrigerar sus espacios, pero las ventilaciones cruzadas harán que no siempre sea necesario encenderlos. Hay ventanas por todas partes para conseguirlo. Más allá, bajo una influencia racionalista y un claro aire industrial, como inacabado, la nueva facultad tiene una profunda inspiración mediterránea en sus cubiertas planas y bien aisladas. También en las fachadas construidas con profundidad, que ejercen de filtros para domar al sol que aquí pica con fuerza. En una de sus tres alas se concentra el área de docencia. Hay aulas medianas, aulas magistrales y aulas específicamente concebidas para una escuela como esta. Entre ellas, el laboratorio de análisis sensorial o el de tecnología de alimentos, que disponen de puestos de cocinado, zona de repostería y panadería, área de catas y espacio de almacenamiento de alimentos. Todo destinado al grado de Ciencias Gastronómicas y Gestión Hotelera. “Nos permitirán ofertar nuevas titulaciones oficiales más orientadas a las artes culinarias”, celebra el coordinador de estos estudios, Alfonso Cerezo. “De aquí no saldrán chefs: aquí son ellos los que entrarán para aprender a gestionar una empresa de hostelería”, añade el decano Peláez. En las otras dos alas se concentran los despachos de los 179 profesores de los 18 departamentos de la facultad, muchos amueblados gracias a la donación de un call center del Parque Tecnológico de Andalucía que se iba deshacer del mobiliario. Al otro, el área de servicios. Su primera planta tiene sitio para la secretaría —y un archivo, oscuro, alargado— y el decanato, con salas de juntas y despachos. Debajo se extiende la amplia cafetería, con comedor y terraza en otro patio. Hay espacio, además, para un amplio salón de actos en pendiente donde se colocarán las 400 butacas rescatadas de los cercanos cines Yelmo. Iban camino del vertedero, pero ahora están siendo tapizados de nuevo para ser colocados aquí, palomitero incluido, en un buen ejemplo de economía circular.“Necesitamos este lugar por muchas razones, pero una de ellas es que dispone de muchos espacios para hacer actividades que generen comunidad”, apunta el decano, quien sostiene que los profesionales del futuro de la Costa del Sol estarán pronto estudiando aquí y serán, además, quienes busquen fórmulas para encontrar el equilibrio —si lo hay— de una actividad que provee el pan a las ciudades costeras y, a la vez, las destruye ante su creciente turistificación y expulsión de la población local. “No hay recetas mágicas”, advierte Peláez. “Los excesos no son convenientes, el problema es quién, cómo y dónde pone las limitaciones. Este destino se gestiona de forma inteligente y se conocen muy bien los impactos positivos, pero está claro que también tenemos consecuencias negativas obvias”, dice. “La inteligencia artificial no lo va a arreglar todo”, añade por su parte Francisco Salado, presidente de Turismo Costa del Sol. “El turismo es también cercanía, cariño y atención, por eso disponer de gente formada en una facultad como esta será garantía de excelencia”.Esta va a ser la única facultad dedicada al turismo en exclusiva en toda Andalucía. Ya lo quiso ser hace 30 años, cuando gracias a fondos europeos nació la Escuela Universitaria de Turismo, que en 1998 graduó a los primeros diplomados universitarios en Turismo de España y por la que han pasado más de 6.500 estudiantes desde entonces. Aquella sede nació tan holgada que se le colaron también los estudios de Ciencias de la Comunicación —Publicidad y Relaciones Públicas, Periodismo y Comunicación Audiovisual—, que hoy han copado el espacio y han obligado al alumnado de Turismo a repartirse entre aularios desperdigados por el campus. “La situación generó sinergias y dinámicas interesantes, pero necesitábamos crecer más”, explica Enrique Navarro, Director del Instituto Universitario de Investigación en Inteligencia e Innovación Turística de la Universidad de Málaga cuya sede en el jardín botánico universitario se mudará también a la nueva facultad. Navarro agradece la apuesta de la UMA en tiempos de crisis, cuando la institución arrastra una enorme deuda que se ha visto agravada por la infrafinanciación por parte de la Junta de Andalucía, tal y como han denunciado los rectores unidos en la Asociación de Universidades Públicas de Andalucía. Critican que la administración andaluza les ponga trabas en su crecimiento mientras pone alfombra roja a centros privados (solo en Málaga han abierto tres en el último curso). En Sevilla ya se restringen plazas y en Granada no se citan cátedras, pero es la malagueña la que más sufre con consecuencias como el retraso en la apertura de su nueva facultad de Turismo.
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