Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Quizás el proyecto más audaz del programa de gobierno del presidente De la Espriella sea ser “el gobierno de las regiones para las regiones”. Gobernar desde Barranquilla y haber empezado por los empalmes regionales son símbolos poderosos de esa promesa.Abandonar el centralismo atávico del Estado colombiano sería una revolución; bastaría con dar un paso importante, porque el objetivo es tan ambicioso como difícil de lograr. El reto principal es una transición estructural que no se limite a quitarle poder a Bogotá y que sea lo bastante gradual para ser sostenible. Eso exige diferenciar territorios según población, geografía y capacidad fiscal e institucional; fortalecer los ingresos y las capacidades propias de las regiones; transferir recursos acordes con las nuevas competencias; y, para que sea una descentralización real y no solo funcional, permitir que las regiones decidan con cierta autonomía una porción de su gasto y de sus facultades.El riesgo es que por lo monumental de la tarea y por lo poco estructurada que está la propuesta termine siendo más una herramienta de gobernabilidad que una gran reforma: mitad populista, mitad clientelista. Porque es tan difícil institucionalmente como rentable política y electoralmente.Para el populismo es oro. Todo populismo se basa en explotar resentimientos. De la Espriella ganó con uno: el resentimiento contra Petro, enconado en cuatro años de polarización agresiva; y el resentimiento contra el centralismo viene enconándose desde hace siglos. Pocos sentimientos están más arraigados entre los colombianos de las regiones que la percepción de que las élites políticas, económicas y sociales bogotanas son egoístas y despreciativas del resto del país. De la Espriella lo convirtió en biografía política: aunque nació en Bogotá, repite que a la semana ya estaba en la Costa, criado en Montería, forjando su carácter frente a un desprecio que dice haber sufrido él mismo. Cada vez que cuenta ese origen activa un agravio compartido por millones de costeños. Muchas regiones se sintieron maltratadas por Gustavo Petro, y esa narrativa de los políticos locales ha profundizado el sentimiento antigobierno nacional.Para el clientelismo también es oro. Es la vieja fórmula con la que operaron los partidos tradicionales, pero invertida: antes el poder bogotano negociaba con los caciques regionales inversión y autonomía electoral a cambio de sumisión al poder presidencial. De la Espriella habla de la Regeneración de Rafael Núñez, que consistió en centralizar el poder; tal vez sugiere que ahora lo devolvería a las regiones a cambio del reconocimiento de su poder personalista a nivel nacional. Podría construir la base electoral de su nuevo partido, Defensores de la Patria, sobre la alianza de alcaldes y gobernadores antipetristas que se formó desde las elecciones locales anteriores. La tiene fácil: la ley de transferencias es un portaaviones institucional ya en movimiento, y solo tiene que negociar los beneficios políticos. También cuenta con el Plan de Desarrollo y con las visitas presidenciales a las regiones para adjudicar obras y recursos en las localidades aliadas.De la Espriella tiene claro que el sentimiento antipetrista que cohesiona su coalición puede desgastarse y que necesita otra emoción aglutinadora. Sabe también que la clave para expandirse territorialmente más allá del uribismo andino, y para derrotar al petrismo, es reducirlo en el Pacífico y el Caribe. Es posible sacarle provecho político al regionalismo y hacerlo bien, produciendo un avance real para el país; o sacarle solo el provecho político y hacerlo mal, con consecuencias graves.Conoce más
Regionalismo ¿estrategia electoral?
“Todo populismo se basa en explotar resentimientos. De la Espriella ganó con uno: el resentimiento contra Petro”: Álvaro Forero Tascón






