La localidad fronteriza de Estonia ha vivido siglos de invasiones y tensiones geopolíticas. Y así continúa, entre la amenaza de una ofensiva rusa a gran escala y la normalidad
Un día soleado de verano en la ciudad estonia de Narva, la vida transcurre ante los ojos con aparente normalidad. Las calles se llenan de gente Grupos de personas esperan en las paradas de autobús, pequeños comercios reciben y despiden a sus clientes. A primera hora de la tarde, los jardineros podan la frondosa vegetación a la entrada de su museo, un castillo del siglo XIII construido por los daneses en la orilla occidental del río Narva, donde un puñado de visitantes se empapan de la agitada historia de este enclave, en el confín de la Unión Europea, separado de Rusia por apenas 101 metros de cauce fluvial, y marcado por continuas batallas, invasiones, asedios y tensiones geopolíticas desde su fundación. Y así continúa.
Desde la independencia de Estonia en 1991, tras más de cinco décadas bajo el dominio de la URSS, la amenaza de una posible invasión rusa de Narva (en el noreste) nunca ha desaparecido del todo, ni siquiera tras la adhesión del país báltico a la OTAN en 2004. Por el contrario, ese riesgo se ha intensificado en los últimos años, especialmente desde el inicio de la guerra a gran escala en Ucrania en febrero de 2022.






