OpiniónLa primera etapa de Abelardo De La Espriella estuvo marcada por símbolos, descentralización y promesas, pero ahora llega la hora de gobernar en serio.PERIODISTA08.08.2026 22:01 Actualizado: 08.08.2026 22:01 A Adle (o Belard, para los que más lo quieren) le ha salido muy bien esta primera etapa, que cerró el viernes, con su juramento de posesión.El nuevo presidente logró por fin robarle el foco a Petro, no solo por las expectativas que despierta su llegada, sino por ese patrón de simbología que se convirtió en su lenguaje de comunicación con los colombianos en su campaña, desde que prometió que gobernaría con los “nuncas” y que no haría pactos con partidos políticos. Millones de colombianos se lo creyeron porque la politiquería produce entre asco y hastío.Cali, Sucursal del Cielo, bien se merecía un homenaje. Que vengan muchos más. La primera parte de la ceremonia de posesión resultó innecesariamente larga y aburrida. Más diversión había cuando los presidentes (por lo menos los liberales) hacían, rumbo a su posesión, una paradita en La Candelaria, donde las hermanas Rodríguez Fonnegra los invitaban a almorzar el tradicional ajiaco pero después había desfile familiar de pasarela callejera y llegaban al Congreso a su posesión, siempre larga y aburrida como esta, pero no tanto. Lo más emocionante fue la forma como Adle se escabulló de la Arena de la Universidad Santiago de Cali y abandonó a sus miles de invitados, para cumplir su promesa de pronunciar su discurso en el Cantón Pichincha.Pero en medio del esfuerzo por tanta institucionalidad sí habría sido deseable que hubieran estado presentes todos los expresidentes colombianos. Habría reforzado la tesis de que aquí las instituciones funcionan hasta ahora muy bien, gracias, y están firmes, a pesar de los esfuerzos de Petro por acabarlas. Tan displicente como estuvo el presidente saliente con el que llega, así quedó Adle con el desplante a dos expresidentes que pueden gustar o no, pero son quienes son.Lo más emocionante fue la forma como Adle se escabulló de la Arena de la Universidad Santiago de Cali y abandonó a sus miles de invitados, para cumplir su promesa de pronunciar su discurso en el Cantón PichinchaEn cuanto al mensaje que deja abandonar a Bogotá como sede principal de gobierno, ciertamente transmitió una voluntad de descentralizar el poder en el país. A muchos les encanta ese mensaje, pero no se deben minimizar sus inconvenientes.Claro: volver museo el Palacio de Nariño, al que Petro nunca dejó de llamar aburrido, frío y horroroso, tiene su tilín tilín. Pero llenarlo de paletas, es decir, de atractivos, va a ser complicado, ya sin la espada de Bolívar ni el sombrero de Pizarro; están la monja y la paloma gordas de Botero y una buena colección de arte archivada en los sótanos luego de que Belisario Betancur dejó la sede. La desarchivarán si aún existe. Pero en adelante pagará por ver, en la galería de los presidentes, el óleo de Petro “echado” sobre un sillón, de tenis, con su lápiz fingidamente gastado, mientras con altivo desgano observa las mariposas amarillas de Gabo. Será como pagar solo por ir a ver La última cena, La Gioconda o el Guernica, Las meninas o los Nenúfares, o pinturas que lo identifican más alegóricamente como La Libertad guiando al pueblo o el Nacimiento de Venus, obras geniales en las que debe tener inspiración el óleo presidencial de Petro.Pero que en Bogotá estuviera concentrado administrativamente el Gobierno central tiene su sentido, por ser una figura práctica que el presidente de turno tiene al alcance de su mano para su día a día de gobierno; al lado tiene la sede del Congreso, de las Cortes y de las ‘ías’. En adelante, el desgaste del desplazamiento a la Arenosa como nueva sede del Gobierno para ir a ver al Presidente en la pujante y hermosa Barranquilla tendrá sus costos, no solo económicos, sino políticos. Y ni hablemos del trasteo de la Cancillería fuera del Palacio de San Carlos, para darles espacio al presidente y su combo cada vez que deba o quiera desplazarse a gobernar a Bogotá.Como ciudad capital de Colombia, tener esa sede ha sido no solo lo obvio, sino que para los bogotanos y, en general, para sus habitantes ha representado una mezcla un poco contradictoria de orgullo y de pesada y estridente carga. No quisiera desearle a la bella Barranquilla que se traslade para allá toda la pesada parafernalia normal de un gobierno, empezando por sus caravanas de motos y carros blindados, cuya ausencia seguramente le ayudará al alcalde Galán a ordenar un poco la pesadilla del tráfico capitalino.Lo que hay que discutir acá es que en el fondo de la tal “descentralización”, de verdad verdad, hay una cantidad de gobernadores y alcaldes necesitados y ávidos de transferencias —se fascinan, plata es plata— aunque las responsabilidades que ellas conllevan no las quieren tanto o casi nada. Bonito el símbolo de la descentralización: no olvidar que implica asumir tareas concretas y es cuando peligra que se vuelva espejismo.Por lo pronto, muy comunicativa la simbología. Pero llegó la hora de gobernar. Con que cumpla Adle el 10 % del discurso de su posesión, será el presidente más importante del siglo.María Isabel Rueda Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. Mantente informado con lo que realmente te importa.EL TIEMPO GOOGLE NEWSSíguenos en GOOGLE NEWS. Mantente siempre actualizado con las últimas noticias coberturas historias y análisis directamente en Google News.EL TIEMPO WHATSAPPÚnete al canal de El Tiempo en WhatsApp para estar al día con las noticias más relevantes al momento.EL TIEMPO APPMantente informado con la app de EL TIEMPO. 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