A las nueve y media de la mañana, la cola de la Terminal 1 del Aeropuerto del Prat se ha configurado con normalidad, como si no pasara nada. Lo mismo ha sucedido en la T4 de Madrid-Barajas. En plena época estival, el choque entre España e Italia a raíz de la crisis en Ceuta ha enrarecido el ambiente en ambos aeropuertos y los controles de pasaportes (algo inédito entre países de la Unión) ha preocupado a algunos.
Marta y Quim, vecinos de Sants, llegan de una semana en Sicilia con dos mochilas y una bolsa de souvenirs y comida. Habían leído “algo” sobre los controles dos noches antes, en el hotel, y aterrizaron expectantes. “Volvíamos a casa con respeto, la verdad”, dice ella, todavía con el pasaporte en la mano: “Nos lo esperábamos peor. Pensábamos que tendríamos que aguantar horas de cola y al final han sido veinte minutos y unos buenos días”. Quim lo remata: “Raro sí que es. Toda la vida entrando y saliendo como si nada, y de repente te miran el pasaporte para volver a tu casa.”
Y aquí está la clave. Desde que Italia suspendió el 31 de julio la libre circulación con España por la crisis migratoria de Ceuta, quien aterriza aquí procedente de ciudades italianas pasa por un filtro que antes no existía. Este mismo viernes el Gobierno español respondió de la misma manera.











