Un mar cada vez más cálido tiene fuertes impactos en el tiempo, el clima, los ecosistemas y hasta en el turismo

El Mediterráneo arde. El pasado miércoles se produjo un nuevo récord absoluto de temperatura de la superficie marina, en concreto en aguas españolas, en la boya de Sa Dragonera, al oeste de Mallorca, donde se llegó a las cuatro de la tarde a 33,2°, según las mediciones realizadas por Puertos del Estado y difundidas por la delegación territorial de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) en Baleares a falta de confirmación oficial. Este dato es “una auténtica brutalidad”, en palabras del climatólogo, meteorólogo e investigador Samuel Biener a quien, como a todos los expertos, se le van agotando los adjetivos al hablar de calor.

“Es muy significativo porque estamos hablando de una boya que está en aguas abiertas y a tres metros de profundidad”, contextualiza el experto. A diferencia de lo que ocurre en aguas abiertas, en ensenadas o bahías muy estrechas el agua circula menos, por lo que es muy posible que, en situaciones de temperaturas muy altas y persistentes, se hayan registrado temperaturas más altas en estos accidentes geográficos, pero “el dato de Dragonera es a priori el más elevado desde que hay registros en el Mediterráneo español en aguas abiertas y seguramente de todo el Mediterráneo occidental”, es decir, también de Italia y Francia e incluso de Marruecos y Argelia.