Hay vidas cuyas vicisitudes parecen haber ensayado todas las combinaciones posibles. La de María Teresa Toral Peñaranda (Madrid, 1911 - Madrid, 1995) reunió ciencia minuciosa, guerra, persecución política, cárcel, exilio y una inesperada carrera artística. Antonina Rodrigo García,una de las principales biógrafas, dijo que, de haber nacido en Estados Unidos, María Teresa ya tendría una película dedicada a su vida. La observación es más que un elogio. Pocas trayectorias del siglo XX español reúnen experiencias tan diversas, logrando, a la vez, mantener semejante unidad.

La joven que aprendió a determinar masas atómicas junto a Enrique Moles y Ormella en el Instituto Nacional de Física y Química (INFQ) no se esfumó al cruzar el portón de la cárcel de Ventas. Tampoco tras embarcar hacia México ni cuando, años después, sustituyó la utilería de vidrio por las planchas de grabado. Variaron los escenarios, las herramientas y hasta el país de acogida. Sin embargo, perduró la manera de encarar el mundo: curiosidad, paciencia y rigor.

Su peripecia suele contarse en apartados estancos. Científica. Presa política. Exiliada. Grabadora: cuatro vidas que, en realidad, fueron una sola. Hay que seguir el hilo que las une para comprender a María Teresa Toral: una inteligencia sensible formada en los laboratorios, puesta a prueba por la Historia y capaz de reinventarse sin jamás extraviar aquello que la definía.