Acabo de cumplir treinta y uno y con todos aquellos palés hice muebles sobre los que ahora vivo, duermo, leo y veo la tele, pongo los pies en alto o me siento a escribir un rato. Ayer le decía a una compañera de trabajo que, oficialmente, estoy más cerca de los cuarenta que de los veinte, aunque existencialmente sigo más cerca de mi nacimiento que de mi muerte, o eso espero yo, para algo dejé de fumar y solo tomo drogas cuando la situación lo suplica. Sigo siendo yo, el mismo, el original, el de siempre, pero cada vez me parezco menos a quien quise ser y más a quien quiero ser ahora, pero acabo de dar un saltito más allá de los treinta y me he quedado exactamente igual que estaba, seguramente porque esa edad la cumplí mentalmente hace ya algunos meses.
Cada momento de la vida tiene sus cosas. Creo que los cumpleaños tienen más importancia cuanto más joven eres porque cada año desbloqueas un montón de hitos y oportunidades nuevas, y conforme crecemos esos hitos y momentos siguen existiendo, algunos con mucha mayor importancia, pero se espacian más en el tiempo. Así que cumplir treinta y uno y quedarte como estabas es sinónimo de que, si no pasa nada, y en mi caso esperemos que no pase, queda un trecho más amplio que un simple año para el siguiente traqueteo de la vida.












