La extrema derecha y la derecha han conseguido imponer gran parte de su relato. La política se ha encallado en una batalla cultural centrada en temas como la inmigración y el nacionalismo. Esta política demoniza al adversario y construye argumentos a partir de sentimientos como el miedo al extranjero y a lo woke. De esta manera, tal y como ha mostrado en numerosas ocasiones Cristina Monge, los discursos políticos que transmiten a la ciudadanía extienden la idea de una ausencia de futuro y de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Esta situación ha condicionado enormemente las políticas nacionales, pero también la política de la UE. Desde hace varios años, sobre todo desde la invasión rusa de Ucrania (2022) y el retorno de Trump a la Casa Blanca (2024), los discursos comunitarios y de expertos sobre la UE se han centrado en realizar (excelentes) diagnósticos sobre los problemas de la UE y ofrecer medidas para adaptarse al nuevo contexto global marcado, entre otras cuestiones, por el tecnofeudalismo y el cuestionamiento de los sistemas democráticos. Gran parte de esas estrategias, que subrayan las deficiencias comunitarias, acaban generando estrategias y medidas de choque defensivas. Existen dos razones fundamentales para tratar de dar un giro a las narrativas.