David contempla c�mo una retroexcavadora va arrancando, palada a palada, los restos de lo que hasta hace apenas dos semanas era su casa. Apoyado sobre su coche, acompa�a con la mirada cada movimiento del cuchar�n mientras no para de hacer cuentas. Cada viaje de la m�quina supone un nuevo mont�n de escombros y tambi�n un nuevo gasto."En quitar la mierda me estoy gastando una pasta. Menos mal que mis amigos me est�n ayudando, porque solo el alquiler de la m�quina me ha costado 3.000 pavos", explica.Hasta hace quince d�as viv�a all� junto a su madre. Ahora, donde antes hab�a habitaciones, muebles y fotograf�as, solo queda una monta�a de ladrillos rotos, vigas ennegrecidas y tejas hechas a�icos. "La casa la construy� mi padre hace 40 a�os y ahora me toca hacerlo a m�", se repite David constantemente.Lo repite casi como quien necesita escuchar esas palabras para convencerse a s� mismo. Desde los incendios en la Sierra Oeste, que en un frente com�n con el de �vila se convirtieron en el m�s grande de la historia de Espa�a, todos sus pensamientos desembocan en el mismo lugar: reconstruir la vivienda y recuperar la normalidad. �Solo pienso en c�mo volver a levantar la casa y vivir tranquilos otra vez. Mi madre tiene 70 a�os y todav�a no ha querido subir a verlo. Le dar�a algo�.David nunca se imagin� que pudiera quedarse sin nada "de un d�a para otro". Cuando se le pregunta por c�mo saca fuerzas para seguir adelante, guarda silencio apenas un instante antes de responder: "Nos hemos salvado mi madre, los perros, las cenizas de mi padre y yo. Eso es lo que me da fuerza".La retroexcavadora realizando los trabajos de limpieza en la parcela de David�ngel NavarreteMientras el incendio cercaba Pelayos de la Presa, David sigui� el recorrido de las llamas a trav�s de los mensajes que le enviaban otros vecinos. Cada fotograf�a que llegaba al tel�fono alimentaba durante unos minutos la esperanza de que el fuego hubiera respetado su casa. Esa esperanza se rompi� a las nueve de la ma�ana del d�a siguiente al desalojo cuando le son� el tel�fono. Al otro lado estaba un amigo que colaboraba en las labores de extinci�n. "David, te has quedado sin casa", le dijo. "En ese momento el mundo se par�. Hasta que llegu� y lo vi no me lo cre�", cuenta aguantado las l�grimas.Han pasado dos semanas desde el incendio en la Sierra Oeste que arras� parte de Pelayos de la Presa y San Mart�n de Valdeiglesias, dos de los municipios madrile�os m�s afectados. Y muchos de sus vecinos son los �ltimos en poder empezar la reparaci�n y reconstrucci�n. Cerca de una treintena de viviendas han quedado completamente destruidas y cientos m�s han sufrido todo tipo de da�os. El fuego hace ya d�as que se extingui�, pero sigue instalado en el paisaje. Permanece en el olor a humo, una pel�cula de ceniza cubre casas, jardines y caminos y el estruendo de las motosierras y las retroexcavadoras se han convertido en la banda sonora de quienes intentan reconstruir lo que las llamas les han arrebatado.La vida de gran parte de los vecinos se ha reducido a una sucesi�n de tareas que hace apenas unas semanas parec�an impensables. Limpiar escombros. Llamar al seguro. Esperar al perito. Retirar �rboles calcinados. Buscar presupuestos. Confiar en que vuelvan el agua y la luz. Nadie se pregunta ya c�mo empez� el incendio, "ahora los temas son otros". Qui�n necesita ayuda, qui�n ha recuperado el suministro el�ctrico o qui�n puede echar una mano para vaciar una parcela antes de que llegue la siguiente m�quina. Hay quienes ni siquiera abandonaron sus casas cuando se orden� el desalojo. Pili y su marido permanecieron durante las horas m�s dif�ciles en la urbanizaci�n, pendientes de la evoluci�n del fuego y avisando al resto de vecinos del estado de sus viviendas. Mientras muchos segu�an las noticias desde hoteles, casas de familiares o polideportivos, ellos recorr�an las calles comprobando qu� parcelas segu�an en pie y cu�les hab�an acabado devoradas por las llamas. Ahora que las urbanizaciones han vuelto a abrirse, a Pili no dejan de acercarse vecinos para darle las gracias "por lo que ha hecho por todos".En muchas viviendas la vuelta ha sido solo parcial. Se regresa durante unas horas para limpiar y retirar lo que todav�a puede salvarse. Despu�s llega el momento de marcharse otra vez. Mar�a lo hace cada ma�ana. Vive en la urbanizaci�n La Javariega y aunque duerme en la casa de una amiga, pasa las horas retirando escombros del jard�n mientras, casi sin querer, desv�a la mirada hacia la parcela contigua. All� ya no queda casa. La suya consigui� resistir, aunque contin�a sin suministro el�ctrico."Solo doy gracias a Dios, esto es milagro". �scar rellena una garrafa de agua porque sigue sin suminsitro en casa�ngel NavarreteLa falta de agua es otro de los problemas con los que conviven los vecinos desde que se apag� el incendio. �scar abre el maletero del coche y coloca cinco garrafas vac�as antes de poner rumbo a una de las cisternas que han instalado para abastecer a las urbanizaciones. "Estoy agradecido porque por lo menos tenemos agua para beber, pero para ducharnos o cocinar...nada. Est� siendo muy dif�cil vivir aqu�", explica. Porque el incendio no termina cuando desaparecen las llamas.Hay una frase que estos d�as se escucha una y otra vez aqu�. "El fuego es muy caprichoso". En urbanizaciones donde apenas unos metros separan una vivienda pr�cticamente intacta de otra reducida a cenizas, la palabra suerte aparece una y otra vez en las conversaciones.Muchos vecinos se�alan el mismo enemigo silencioso: las ariz�nicas que rodean buena parte de las parcelas y que actuaron como el "combustible perfecto" para el avance del fuego. David est� convencido de que ah� comenz� todo. Cuando abandonaron la vivienda lo hicieron con lo puesto. En medio de las prisas, su madre dej� abierta la puerta del cuarto de la lavadora. Las llamas prendieron en las ariz�nicas de la parcela contigua y, desde all� entraron en su casa. Alrededor contin�an sonando las motosierras. Un vecino arrastra un remolque cargado de ramas carbonizadas. Otro intenta recuperar una verja deformada por el calor. M�s abajo, una excavadora sigue retirando escombros sin descanso. Pero nadie tiene la sensaci�n de que esto haya terminado.La reconstrucci�n acaba de empezar. A pocos minutos de all�, en la urbanizaci�n El Mirador, Teresa tampoco tiene ya una casa a la que volver. Tiene 72 a�os y la tarde en que comenz� el incendio, a ra�z del coche ardiendo en San Mart�n de Valdeiglesias, estaba haciendo la compra. Cuando quiso regresar, ya no pudo hacerlo. Dentro se hab�an quedado sus dos perros, un loro y las gallinas. Durante una semana convivi� con la certeza de que todos hab�an muerto, pero pronto llegaron las primeras buenas noticias. El loro hab�a estado en el polideportivo de Pelayos, donde los efectivos de la UME lo hab�an convertido casi en su mascota. Uno de los perros se fue con una vecina a Segovia y el otro apareci� d�as despu�s en el pueblo. Las gallinas tambi�n sobrevivieron. Teresa lo cuenta emocionada a trav�s del tel�fono m�vil de su vecino Guillermo. La voz se le rompe cada vez que recuerda la casa donde "quer�a morir". Judith y Guillermo muestran parte de su jard�n calcinado�ngel NavarreteGuillermo y Judith viven apenas a un metro de distancia de la parcela de Teresa. Mientras ella lo perdi� absolutamente todo, ellos consiguieron salvar su casa. Las llamas arrasaron el jard�n y una caseta donde guardaban maquinaria, ropa y joyas. "Eso se ha quedado reducido a nada", resume Guillermo. Despu�s mira hacia donde antes estaba la caseta y a�ade: "El recuerdo de una vida hecho cenizas".En Pelayos de la Presa y San Mart�n de Valdeiglesias, los vecinos hablan de volver cuanto antes a una normalidad que, por ahora, todav�a parece lejana. Saben que "lo dif�cil empieza ahora".David contin�a apoyado junto al coche mientras la retroexcavadora apura los �ltimos montones de escombros. Cuando la m�quina se detiene, el silencio le resulta "hasta raro".David espera unos segundos antes de entrar en la parcela. Camina despacio entre los cascotes, aparta con el pie un trozo de teja ennegrecida y levanta la vista hacia el lugar donde durante cuatro d�cadas estuvo la vivienda que construy� su padre.Dentro de unos d�as tocar� limpiar el terreno. Despu�s vendr�n los planos, las licencias, los permisos y los alba�iles. "Habr� que empezar otra vez" dice David "intentando animarse" porque, al igual que muchos otros, donde durante a�os hubo una casa ahora solo queda un rect�ngulo de recuerdos y tierra removida.