Un operario aparca un camión de mudanza frente a un edificio particular. Abre, con parsimonia, el portón trasero ante los ojos de un puñado de personas. Separa primero los bártulos más voluminosos, deja los más pequeños para después. Y con el empeño autómata de quien se dedica habitualmente a trasladar cosas, carga la mercancía sin entender por qué una cámara de fotos lo acompaña hasta el ascensor. Sonríe incómodo. En la calle, de repente, han quedado amontonadas algunas cajas. Con un rotulador negro alguien ha pintado sobre el cartón: “DANA”.

El juzgado número 3 de Catarroja, liderado por la jueza Nuria Ruiz, llevaba nueve meses fuera de Catarroja. Porque en este municipio de 30.000 habitantes, donde fallecieron 25 vecinos, no se salvó casi nada por debajo de los dos metros de altura. Los juzgados se inundaron en el sótano y el agua llegó a los 60 centímetros en la planta baja. Y este equipo, que investigaba casos civiles y penales de primera instancia antes del 29 de octubre, y que ahora instruye la causa más grande de Valencia, ha vuelto este viernes al lugar donde empezó todo. Es en esas cajas de mudanza y en sus miles de papeles donde se guarda una verdad que a nadie se le escapa en sus calles. Pero que, solo escrita ahí, hace temblar a muchos otros que duermen más lejos.