Manos puertorriqueñas están cultivando, preservando y compartiendo una variedad de maíz desarrollada en Puerto Rico y el Caribe hace miles de años. La producción de ese grano es tan importante para las tortillas, arepas, guanimos, fungee y otras confecciones latinoamericanas y caribeñas, pero el archipiélago se está viendo afectado por los efectos del cambio climático, incluyendo sequías prolongadas, disminución de la disponibilidad de agua y otros eventos extremos que ponen en riesgo esta cosecha tan importante.

Uno de los objetivos del Laboratorio de Etnoecología y Paleoambientes Humanos, dirigido por el arqueólogo e investigador paleoetnobotánico Jaime Pagán Jiménez, es entender mejor las variedades ancestrales que puedan aportar a la soberanía y seguridad alimentarias en el contexto del cambio climático debido a su resiliencia.

Vi las semillas de ese maíz, conocido como maíz caribeño precoz, en febrero del 2026 cuando visité el laboratorio ubicado en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. Llegué al laboratorio en la tarde tranquila de un viernes. Pagán Jiménez me recibió sonriente y me enseñó las instalaciones, señalándome las áreas donde se instalarían los nuevos equipos para llevar a cabo pruebas químicas y análisis sofisticados. En el centro había dos mesas. Una de ellas tenía placas Petri con algunas semillas, junto con material informativo sobre el maíz en cuestión. La meta no es solo salvaguardar esa semilla ancestral, sino lograr tenerla disponible para la agricultura puertorriqueña.