El director de Pink Flamingos dijo una frase que tiene la insolencia de los buenos aforismos. Parece un chiste, pero quizás sea una teoría sobre el amor. “Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles”. Waters no estaba haciendo un alegato en favor de la literatura. En absoluto. Estaba defendiendo otra cosa: la capacidad de los objetos para contar quiénes somos. Una biblioteca no garantiza inteligencia ni sensibilidad, pero sí deja un rastro, igual que determinadas lámparas, que una estantería llena de discos, que una nevera o una pared cubierta de fotografías. El desenfadado y mordaz Waters, autor de frases como “A partir de los 25 años no se pueden llevar pantalones pitillo”, señaló en su día como su web favorita la hilarante Lurid Digs, que creó Frederick Woodruff para mostrar bizarros interiores domésticos de gays en fotos sacadas de perfiles de aplicaciones de citas.Hace un par de meses un amigo tuvo una aventura y al entrar en casa del afortunado descubrió que sólo tenía siete libros. Aquella era una biografía silenciosa. Mi amigo se sorprendió, pero aún se sorprendió más el otro de que se hubiera sorprendido. ¿Para qué quieres más libros? Resumiendo, mi amigo se fue tres horas después y no hizo falta hablar de Dostoievski ni del ensayo La hospitalidad de Jacques Derrida, en el que, precisamente, distinguía entre una hospitalidad condicional —invito al otro cuando sé quién es, de dónde viene, qué quiere— y una hospitalidad incondicional, que consiste en abrir la puerta al desconocido sin exigirle previamente una identidad. Derrida pensó la hospitalidad como el gesto de abrir la puerta para conocer al otro. Las aplicaciones de citas han invertido el proceso: antes de abrirle la puerta a alguien queremos saber quién es. Quizá por eso entrar en su casa sigue siendo tan revelador: allí empieza, por fin, la persona que no cabía en el perfil.La frase de John Waters hizo fortuna convirtiéndose en un fenómeno cultural y de merchandisingJohn SciulliLa cita de Waters se convirtió en un fenómeno cultural hasta el punto de aparecer en camisetas, pósteres y memes. En una entrevista con The Guardian, Waters bromeó diciendo que incluso había acabado convirtiéndose en merchandising y reconocía que él mismo no siempre seguía su consejo. Lo cual es normal, porque a estas alturas ya sabemos todos cómo las gasta el deseo a ciertas horas. Roland Barthes decía que los objetos son un sistema de signos; y aquello era una señal. Georges Perec convirtió un apartamento entero en una novela (La vida, instrucciones de uso) y, en Especies de espacios, escribió “Vivimos en el espacio, en esos espacios, en esos cubos, en esas habitaciones.”Antes de Tinder, Bumble, Grindr o Hinge, se tardaba un poco más en acceder al espacio doméstico de los ligues y la espera era un desierto en el que uno imaginaba cosas sin pensar en la escenografía del mundo real. Hoy entramos en casas ajenas a la primera de cambio y vemos salones sin libros, televisores gigantes, ropa tirada y colchones en el suelo, un vestíbulo repleto de zapatos o bibliotecas como decoración.En las apps de citas no mostramos quiénes somos sino la versión de nosotros mismos que creemos que los demás desean encontrarEn un artículo de The Guardian titulado Keep your shirt on! (¡No te quites la camiseta!), de 2022, escrito en tono humorístico, se partía de una investigación sobre las fotografías de Tinder para llegar a la conclusión de que los hombres que aparecen sin camiseta son percibidos por las mujeres como menos atractivos socialmente y menos competentes. Una fotografía aparentemente espontánea es en realidad un complejo mecanismo de autopresentación. En las aplicaciones de citas no mostramos quiénes somos: mostramos la versión de nosotros mismos que creemos que los demás desean encontrar. El perfil es una autobiografía voluntaria; la casa, una autobiografía involuntaria.Intimate Strangers fue una instalación multimedia del arquitecto Andrés Jaque y su estudio Office for Political Innovation culminada tras dos años de investigación en las oficinas centrales de Grindr en West Hollywood y presentada en el Design Museum de Londres en 2016. Jaque estudió Grindr no simplemente como una aplicación para ligar, sino como una tecnología que modifica la arquitectura de la intimidad y la manera en que habitamos la ciudad. La idea fundamental es preciosa: Grindr convierte la proximidad física en información. Los cuerpos aparecen en la pantalla ordenados por distancia; uno puede estar en su casa y, mediante el teléfono, saber quién está a unos metros, en el edificio de enfrente o en la calle siguiente. La aplicación hace visible una intimidad que antes permanecía oculta. El mapa de la ciudad se convierte en un mapa del deseo. Pero Jaque va más lejos y también señala la contradicción política: Grindr puede ser una herramienta de emancipación para hombres homosexuales que viven en lugares donde no pueden reconocerse públicamente entre sí, pero esa misma tecnología puede ser utilizada por gobiernos intolerantes para localizar, perseguir o detener a personas. Uno cree conocer a una pareja eventual, pero en ocasiones la verdadera personalidad queda ocultaGetty ImagesLa aplicación no solo conecta; también produce categorías y exclusiones. Los perfiles permiten filtrar cuerpos, razas, edades, formas de masculinidad, etc. Jaque señalaba cómo expresiones de rechazo —por ejemplo, hacia determinados cuerpos— pasan a formar parte de la arquitectura invisible de la aplicación. Así, con el tiempo, también se convirtió en una plataforma que podía imponer una determinada idea de normalidad, belleza, consumo y estilo de vida. Ustedes ya lo sabrán, pero existen aplicaciones como Tea en la que se puede puntuar y reseñar al amante de turno, lo que introduce una vuelta de tuerca brutal a la idea de que el perfil de una persona ya no es suficiente: ahora puede existir una reseña de usuario y una buena o mala nota.En fin, la hospitalidad, la hostilidad y los interiores domésticos. Una vez acabé en casa de una chica del Bar Alfa del barrio de Gracia y me desperté atrapado en una cama que se hundía en el medio, con una distancia de un metro entre los dos, cada uno en un extremo. Y hoy en día, quien más quien menos, se ha despertado en una cama rodeado de gatos que lo vigilan peligrosamente. Otra vez, en Vigo, conocí a una chica divina con el mismo corte de pelo que Audrey Tatou en Amélie. Se llamaba Sabela, pero me dijo que por favor la llamara Sabelie. Luego lo entendí todo, en su habitación había once pósters de la película, cada uno de un país, incluidos Japón, China, Tailandia… Cuando conocí al editor fundador de Periférica me contó que hubo gente que llamó a la editorial para comprar libros diciendo: “Julián, dame todos los de lomo marrón que esa colección me hace juego con la alfombra”.La frase de Waters hoy podría reinterpretarse como “No te acuestes con alguien cuya casa no cuenta historias”Alberto Manguel, en La biblioteca de noche, sostiene que una biblioteca privada es una autobiografía. Y en La poética del espacio, Bachelard explicaba que la casa es una extensión de la memoria. La frase de Waters nació hace veinte años. Entonces significaba: “No te acuestes con alguien que no lee.” Hoy podría reinterpretarse como “No te acuestes con alguien cuya casa no cuenta ninguna historia.”Quizá ya no importe tanto si los libros son de papel o electrónicos. Lo inquietante es entrar en una casa y no encontrar ninguna huella de curiosidad. Una vivienda milimétricamente ordenada puede ser un magnífico lugar para dormir, pero otra cosa es que diga algo de quien vive en ella y que te rías en los prolegómenos.Walter Benjamin, en Desembalo mi biblioteca, anota: “No se trata de que los libros estén vivos en él, sino de que es él quien vive en ellos”. Y cuando habla de su biblioteca explica que cada libro recuerda el momento y el lugar donde fue adquirido.Cada libro recuerda el lugar y el momento en el que fue adquiridoThomas M Barwick INCEn Las cosas, su primera novela, George Perec escribe sobre una pareja definida casi exclusivamente por los objetos que desea poseer. Hay un comienzo muy famoso: “El ojo, al principio, resbalaría sobre la moqueta gris de un largo pasillo...”Durante varias páginas describe una casa imaginaria antes de presentar a sus habitantes. Es un recurso literario extraordinario: conocemos a las personas por su salón antes que por sus nombres. ¿No es exactamente lo que hacemos hoy cuando entramos en casa de alguien después de hacer match?Lee tambiénDesde Montaigne, el ensayo consiste precisamente en eso: tomar un detalle aparentemente insignificante y descubrir que contiene una teoría del mundo. La frase de John Waters parece una broma. Quizá sea un pequeño ensayo disfrazado de ocurrencia. Quizá nunca estuvo hablando de libros. Hablaba de las vidas que dejan marcas. Tal vez una estantería de novelas cuente más que cualquier biografía de Tinder. Los ensayos, como las buenas bibliotecas y como los buenos profesores no ofrecen respuestas, dejan preguntas abiertas. Uno entra en una habitación para follar y acaba leyendo, sin darse cuenta, el borrador de una vida. Y como soy tan fan de Alain de Botton no puedo evitar hacer referencia a una de sus enseñanzas: elegimos pareja porque reconocemos un paisaje emocional. Nos enamoramos de las señales que nos dicen que ahí hay alguien con quien compartimos una manera de mirar el mundo.