Un estudio destaca el rol de los carbohidratos, así como el protagonismo de la carne, en el desarrollo cerebral y reproductivo de nuestros ancestros
Al principio, comíamos sobre todo fruta. O, más bien, lo hacía el pariente más reciente que compartimos con nuestros primos más cercanos, los chimpancés, hace cuatro millones de años. Su vista era capaz de distinguir los colores de estas fuentes de azúcar, minerales y fibra, probablemente para detectar cuándo estaban maduras y dulces. Desde ese momento, y a lo largo de la evolución del género Homo, la proporción de azúcar en la ingesta energética diaria se habría reducido unas tres cuartas partes, en favor de la mayor diversidad de una dieta omnívora. Paradójicamente, en ese tiempo, el órgano que más depende de la glucosa, el cerebro, no ha dejado de crecer respecto al tamaño corporal. Ahora, que representa el 2% de nuestro peso, consume un 20% de la energía que necesitan nuestras funciones vitales.
Una nueva revisión en la revista Science analiza años de literatura científica para intentar seguirle la pista al azúcar a lo largo de la evolución de nuestro linaje, del que siempre hemos sabido más por los restos de flechas que por los de guisos de arroz o festines de fruta, que apenas resisten al paso del tiempo. Quizás por eso asociamos más la carne que los carbohidratos al humano que somos hoy. Pero de este estudio se extrae una conclusión curiosa: nunca hemos necesitado menos cantidad de azúcar como ahora y, sin embargo, nunca ha sido tan imprescindible. Nuestro cerebro, glóbulos rojos, riñones y órganos reproductivos (glándulas mamarias, placenta y el feto que alberga) mantienen una demanda importante de glucosa (azúcar simple). Por eso interesa preguntarse por su rol durante todo el viaje hasta nuestros días.












