Hay personas que hablan desde la sonrisa y motivan ilusiones colectivas. Otras, en cambio, predican desde la regañina. Hasta cuando están repletas de buenas intenciones, su mensaje suena a imposición. Así se entiende mejor una involución de la empatía en la que se sustentan los derechos humanos. Porque el odio se hace fuerte o débil según la forma en la que dialogamos.Y el diseño de los algoritmos nos invita a gritar más rabiosos para ser vistos. O comunicas con vehemencia, o tu argumentación será más invisible. Como consecuencia, la viralidad castiga las complejidades que componen la vida. Los propios partidos políticos se han hecho adictos a la tensión narrativa para no desaparecer del centro del debate público. Decisión cortoplacista, pues solo consigue un agotamiento social. A los más ególatras del lugar le da igual. Solo quieren alimentar su presencia, cueste lo que cueste. Aunque mientan. Aunque debiliten la convivencia. Porque para influir desde las redes sociales basta con cumplir cuatro requisitos básicos que terminan asfixiando la responsabilidad social, de la política y del periodismo. Uno. La verdad no importa, importa el cebo. Los vídeos deben arrancar desde un anzuelo que atraiga la atención para que nadie salte con el dedito al siguiente reel del scroll infinito. Mejor si es con un rótulo apocalíptico. Mejor si alimentan el prejuicio de un sometimiento ideológico para que te aplaudan los hooligans de tu posicionamiento y se cabreen mucho los de la corriente de opinión contraria. Porque lo importante es que solo existan dos corrientes de opinión, pues las discrepancias más matizadas son demasiado complejas para las dinámicas de promoción de las redes sociales. Previsibles en la formas de posar y, también, en los modos de pensar. Dos. Opínate encima, de todo. Aunque no tengas información de nada. Porque cuantos más vídeos subas, el algoritmo entenderá que más vales. Porque le regalas contenido caliente. Aquellas redes sociales que se nutren del opinólogo están diseñadas para que no hagas otra cosa que opinar. Incluso antes de pensar. No hay tiempo para la calma. No hay tiempo para leer, para documentarte, para dudar, para rebatirte a ti mismo. Hay que tener opinión de todo lo que pasa ya mismo. Clima de inmediatez perfecto, así el ciudadano crítico se va reduciendo a consumidor ansioso, que corre a los predicadores que reafirman sus excitaciones. Y los que se salen del patrón predominante al mantener su espíritu crítico, son puestos en duda por la audiencia más sumisa. Son sospechosos de traidores al salirse del carril fácil.Esta necesidad de opinión de todo y a todas horas es alentada por las propias redes: a los creadores de contenido se les excita el ego para que no puedan dejar de subir cosas o sentirán que el algoritmo castigará sus expectativas. De esta forma, son fagocitados por este estado de ánimo incendiario. No pueden parar de trabajar gratis para Twitter e Instagram. O bajarán sus estadísticas de visionado.Tres. GRITA. MUÉVETE. La entonación exagerada fascina a los diseñadores de la viralidad. Cuánto más volumen de voz, cuánto más sobreactuación gestual, más visionados. La calidad del mensaje va unida al cabreo del que habla. Y a lo que se mueve en la imagen. No lo dudes: come una naranja mientras predicas, échate crema en la cara mientras analizas un suceso de actualidad. Estamos tan distraídos que necesitamos sobreimpactos audiovisuales para quedarnos en un clip. Por muy delirantes que sean. Lo que restaba credibilidad, ahora da popularidad. Hay que entrar por los ojos con el delirio o la indignación. Dos palabras que en otros tiempos suponían una pérdida de credibilidad profesional, hoy te convierten en el rey de las métricas de visionado. Cómo se ha girado la ética social de lo que no queríamos ser queda demostrado en la manera de celebrarse desde las redes sociales a un presentador tirando periódicos por el suelo. Así se logra un 'reel' perfecto más que una tele ideal. Un acto de chulería por el que tu madre te castigaría a la vez que te diría "niño, ahora mismo recoges eso". En cambio, hoy, se aplaude públicamente. Porque la sociedad del efectismo de la revancha va aplastando la sociedad de la buena educación que permite la crítica con más fondo. Inclusive cuando se hace una lista con los medios que no han publicado una noticia de calado. Cuatro. El efecto karaoke: explícate en estribillo. Si cuelgas un vídeo de más de tres minutos, Instagram te avisa: será silenciado. El motivo: es extenso para la atención colectiva. Los dueños de las redes nos han educado en el sobreestímulo que nos incita a no poder dejar de mirar. Hasta quedarnos exhaustos de pseudoinformación. Hipnotizados por el adictivo scroll, nos convertimos en clientes atrapados en una espiral de vídeos que comemos como pipas. Vídeos y más vídeos, con los que incluso sentimos el regustillo de creernos vencedores que miran por encima del hombro a los que queremos contemplar como vencidos. Qué puede salir mal. La convivencia no es enrocarse en cegueras partidistas. Pero los oligarcas, dueños del mundo, han favorecido un exaltado modo de uso de las redes sociales en las que se desarrolla el debate público que nos está haciendo confundir periodismo con defensores, honrados con pringados, truhanes con astutos, expertos con conspiranóicos y científicos con vendedores de crecepelo. Lo importante ser usuarios que no dejemos de consumir vídeos que cuelgan otros usuarios. Negocio redondo para las Apps. Y, entre tanto, la información nos la han transformado en reclamos histriónicos de una tómbola. Y no de luz y de color, como cantaba Marisol. Aterra pensar que le espera a una sociedad pintada con estos brochazos. Por suerte, entre los resquicios de ruido, de vez en cuando, se cuela la creatividad, ilustrada a pincel, que va más allá de las abreviaturas del histrión. A veces.
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