En la columna anterior con este mismo título sostuvimos que el problema de Javier Milei ya no podía analizarse únicamente desde la economía o la política exterior, sino también desde su conducta pública. Los insultos a Luiz Inácio Lula da Silva, el deterioro deliberado de la relación con Brasil, los ataques permanentes a periodistas y dirigentes políticos y una creciente pérdida de autocontrol planteaban un interrogante incómodo: ¿hasta qué punto estamos naturalizando comportamientos que en cualquier otro presidente serían considerados inadmisibles? La discusión no era psicológica, sino institucional. Un jefe de Estado no solo gobierna: también representa al país, fija el tono del debate público y moldea la cultura política. En los días posteriores, Milei concedió cuatro extensas entrevistas: el 30 de julio con Mariana Brey, el 2 de agosto con Luis Majul (LN+), el 3 de agosto por la mañana en Radio Mitre con Eduardo Feinmann, y el 4 de agosto con Esteban Trebucq (La Casas Streaming). Lejos de aportar explicaciones o rectificaciones, esas apariciones profundizaron el mismo patrón. El Presidente combinó afirmaciones económicas discutibles, reconstrucciones históricas inexactas, teorías conspirativas, ataques a opositores, periodistas, universidades y organizaciones sociales, además de una sucesión de promesas y autoelogios difíciles de sostener frente a la evidencia. Encuesta rumbo a 2027: cuatro consultoras midieron el desgaste de Milei y la crisis de liderazgo en el peronismo