Los aplausos y gritos eran de emoción. Algunos grababan con sus celulares este momento imborrable en la vida de Robinson. Él, un poco tímido, tocó de manera intensa y repetida la campana en el patio central de la Casa Ronald McDonald. Fueron tres veces las que lo hizo, en medio de la algabaría de sus familiares y colaboradores de la fundación.Previamente, familiares y allegados formaron una calle de honor para darle la bienvenida a Robinson y que se dirigiera hacia la campana. Esa escena, al mediodía del 31 de julio de 2026, marcó años de lucha tras vencer un caso de cáncer de sangre.Sin embargo, su historia comenzó muchos años atrás en medio de desafíos y sobresaltos.PublicidadEl inicio de una dura batalla en 2017En el 2017, Robinson gustaba de ser portero cuando jugaba fútbol con sus amigos en un barrio del recinto San Isidro, ubicado en el km 53 de la vía a la costa. Luego de aguantar un remate de un balón, comenzó a registrar malestar en una mano y luego fiebre.Sus padres lo llevaron a un centro de salud del poblado, pero cada día el dolor era intenso y no disminuía.Su madre describe como “una cosa de Dios” a su padre, quien es jornalero, le cayó una basura en el ojo y se debió trasladar a Guayaquil. Un viaje que demanda más de una hora de traslado. Sin mayor sospecha, aprovecharon para llevar a Robinson y que le revisaran la molestia.PublicidadPublicidadEn ese viaje, al menor se le detectó una alerta en la sangre y lo sometieron a más exámenes en el hospital del Seguro Social de Los Ceibos. Fue derivado al hospital Roberto Gilbert, donde finalmente les dijeron que padecía leucemia, es decir, cáncer de sangre.Por ello lo derivaron de urgencia a Solca. El 11 de julio de 2017, empezó todo, recuerdan los padres del menor, sobre una fecha que marcó un antes y después en sus vidas.“Empezó el susto, el mundo se nos vino encima, no sabíamos qué hacer; mi esposo no sabía qué era la leucemia y le tuvieron que decir que era cáncer de sangre. Él estaba desesperado y yo desesperada; la familia, todo”, dijo Alexandra.El rumbo de esta familia cambió. La madre dejó su trabajo por dedicarse enteramente a su hijo. En Solca estuvo hospitalizado por dos meses, con extremos cuidados.Su padre, Francisco Quiroz, vio esta experiencia como un “martirio”. “Fue algo penoso porque estaba chiquito, estaba destruido; inocentemente no sabía la clase de enfermedad que era esto, luego ya un doctor me explicó. Estábamos destruidos, en el trabajo que tengo gano el básico y había gastos todos los días”, describió el hombre.Luego de ese primer periodo de hospitalización, a Robinson le dieron el alta para que siguiera el tratamiento de manera ambulatoria con quimioterapias.PublicidadEl apoyo de la Casa Ronald McDonaldPara acudir a Guayaquil, la mujer salía de su casa a las 04:30. En medio del terreno lodoso caminaban por 15 minutos hasta la vía; su esposo cargaba a Robinson y tomaban el primer bus que cruzaba a las 05:00. En muchas ocasiones, esa unidad pasaba llena y se debía esperar a la siguiente.Las jornadas eran extensas, pues tenían que aplicarle dos tandas de inyecciones, en la mañana y en la noche. La primera vez, la mujer y su hijo se quedaron en el hospital de Solca, pero un galeno le indicó la posibilidad de acudir a Trabajo Social para que acudiera a la Casa Ronald McDonald.“Llegué, hice los trámites, me abrieron las puertas, y nació todo. En esa casa están mis tristezas, mis súplicas, oraciones y todo”, remarcó la madre de Robinson, quien, a pesar de las circunstancias de vida, reconoció el aporte de todos los trabajadores de ese sitio.En el lapso de las terapias, Robinson tuvo cuadros complejos. En parte del tratamiento, Robinson se mostraba debilitado e incluso quedaba sin poder caminar y debía usar silla de ruedas.“Era muy difícil viajar por horas, a veces viajaba a casa con los estragos de la quimio, llegaba con vómito y mareos”, describió el menor Robinson sobre esos episodios.En ese camino, la fundación fue clave para ofrecer un acompañamiento emocional y se convirtió en el sitio ideal para que guardara reposo, remarcó Alexandra. Tuvo un espacio climatizado y el personal colaboraba en lo que requería.“Además de hospedaje, la Casa Ronald McDonald nos dio mucho amor a pesar de nuestra montaña rusa de emociones; ellos formaron parte de la salud de Robinson”, mencionó Alexandra.En ese lapso, el padre Francisco tuvo que hacerse cargo del resto de los hijos, mientras Robinson y su madre se mantenían en los tratamientos.Para que la familia se mantuviera integrada en la fundación los otros hijos de Alexandra acudían los fines de semana a la casa.“No solo abrieron las puertas al paciente y a mí, sino a mi familia; es un hogar lindo, lejos de casa”, dijo Alexandra al agradecer a la fundación.En ese periodo de pruebas, ella reconoció que hubo ángeles que aparecieron, entre ellos la fundación y una señora que le entregó donaciones para realizar rifas que pudieran financiar los gastos sobre todo de movilizaciones.A la casa, ubicada en La Atarazana cerca de Solca, se mantuvieron en visitas periódicas de varios lapsos de tiempo hasta el fin de su tratamiento.En este camino, Francisco reconoció que nunca se esperó que tanta gente se uniera para ayudarlos en este proceso y con ello se podían solventar los gastos.La madre y Robinson se solían quedar en la fundación Ronald McDonald, donde al menor le gustaba jugar a la pelota en el patio y en la sala de juegos. También, en ocasiones, optaban por volver a San Isidro, a pesar de que en su hogar no contaban con dinero para equipar un cuarto adecuado sin polvo y con buena climatización. “Dios, te lo entrego a ti y se sanará en tu gloria”, repetía ella cuando volvían.La victoria definitiva contra el cáncerLuego de un proceso extenso, que incluyó el periodo de pandemia, Robinson terminó su tratamiento en 2021. Tenía que esperar a terminar el quinto año de remisión.En marzo de este año, de manera sorpresiva, una doctora le mandó a repetir exámenes para evaluar su cuadro referente al cáncer, y ese momento fue llamativo para la familia por temor a que se revirtiera. “Él se bajoneó por completo porque había visto cómo era la recaída y todo, y haber perdido compañeritos”, remarcó. Finalmente, tras los tests, le indicaron que había sido curado del mal y que ya podía tocar la campana.Aprendizajes en este caminoRobinson cursa segundo de bachillerato y guarda un cartel de su primera etapa de tratamiento, así como juguetes que lo acompañaron en el proceso.Ahora, él trata de retomar sus actividades, aunque con los cuidados del caso, sobre todo en la alimentación. “Me siento feliz, agradecida con Dios, es como un alivio”, describió Alexandra.El menor desarrolla sus actividades escolares en un plantel de la vía a la costa y retomó la práctica de fútbol con sus amigos.Alexandra describe que esta experiencia los unió más como familia para valorar la vida y a las personas; a su vez, fortaleció los lazos de amor entre los hermanos, quienes se aman con su vida, son educados y respetuosos con sus padres.“Antes de esto uno vivía por vivir, en pocas palabras, y con esto que nos pasó valoramos todo ahora: antes decía ‘no lo haga ahora sino después’”, expuso, y agregó que ahora aprovecha para mostrar su amor en el momento actual y así evitar arrepentimientos.Francisco resaltó que estarán pendientes de los cuidados para que el menor no tenga alguna complicación de salud. “Se lo va a seguir cuidando porque uno nunca sabe, esa enfermedad es traicionera”, enfatizó él.Dentro de este proceso, Alexandra remarcó que la vida le enseñó a aprovechar cada instante con su hijo.“El doctor me dijo: ‘Usted disfrute de su hijo porque ¿a usted quién le dice que el cáncer es curable? Récele mucho a su Dios’. Así me dijo el doctor y esa palabra nunca se me quitó de la cabeza: ‘Gócelo y disfrútelo como si fuera el último’. A todo lo que decía él, le hacía caso", remarcó.El camino de Robinson en este padecimientoEn este proceso, Robinson, quien tiene 16 años y es amante del fútbol, describe que la fe fue clave, el apoyo de su familia y también se sumó la motivación de sus amigos que padecieron en medio de sus tratamientos. Recuerda principalmente a Karen y Jaren.Con la fundación, el menor se muestra muy agradecido por acompañarlos en todo momento, dándoles desde acogida hasta acompañamiento para sobrellevar este paso.“La Casa Ronald McDonald es como mi segundo hogar, es muy importante para mí, estoy muy agradecido. Estoy muy feliz, orgulloso de mí porque se logró. Todo en esta vida se puede lograr”, describió el adolescente.Denisse Viteri, gerenta de la Casa Ronald McDonald y madrina de primera comunión de Robinson, ha seguido de cerca el proceso.Ella resaltó la importancia del acompañamiento que esta familia tuvo en este espacio al contar con un lugar seguro para descansar, además de recreación, sus comidas diarias y que el menor pudo nivelarse en sus estudios con voluntarios.“Siempre una familia que pasa por la Casa Ronald se queda eternamente conectada con nosotros y es parte fundamental de ella, así el paciente esté recuperado, velaremos porque esa recuperación sea constante”, dijo.Roxana Muñoz, directora ejecutiva de la fundación, expresó su emoción del final feliz de la historia de Robinson luego de tanto tiempo de lucha y resaltó que Robinson se convierte en una inspiración para otros menores en tratamiento. “Mientras haya vida, hay esperanza”, comentó.Ella recordó que la filosofía de la fundación se centra en el cuidado de la familia, además del paciente. “Más allá de que un niño se enferma, estamos convencidos de que su entorno familiar se enferma, sufre, eso es lo que buscamos: no solo atender al niño, sino a la familia que sostiene al niño... esto es esa luz al final del camino”, remarcó.Desde la habilitación de la casa hace diez años se ha recibido a más de 35.000 familias, 76.380 noches de alojamientos y 231.570 servicios de comida.La mirada al futuro de Robinson y su familiaRobinson aspira a seguir una carrera de Informática, retribuir a sus padres todo lo que le han dado y también ser profesional con una carrera universitaria. Incluso no descarta seguir los pasos de grandes futbolistas locales como William Pacho y Piero Hincapié.A la par, el menor aspira a poder seguir colaborando de cerca con niños que siguen sus procesos de atención en Solca y la Casa Ronald McDonald, compartir aliento en sus tratamientos e incluso gestionar donaciones.Esta familia tiene una misión nueva. Elías, hijo de una sobrina de Alexandra, fue diagnosticado de un tipo de cáncer a los seis meses de edad. Hace dos años recayó, ahora con ayuda de la Casa Ronald McDonald brega para sobrellevar ese mal.
Una campana marcó el final de su lucha: Robinson venció la leucemia y sueña con estudiar Informática
En este periodo, el menor recibió acompañamiento y acogida en la Casa Ronald Mcdonald.








