Antes de ayer se cumplían ciento dos años de la muerte de Joseph Conrad, una de esas efemérides discretas, veraniegas, que apenas ocupan unas líneas en las cuentas de divulgación cultural, pero que nos recuerdan hasta qué punto las modas pasan y que, pese a ellas, algunos libros envejecen mejor que sus lectores. Basta abrir El corazón de las tinieblas para constatar que aún nos atrapan muchas de las preguntas que este exiliado polaco planteaba en 1899.El corazón… omnipresente durante mis estudios universitarios, se me enseñó como una feroz denuncia del colonialismo europeo. Lo es. Pero también habla de la facilidad con la que cualquier ser humano aprende a justificar la deshumanización del otro, de la cobardía de abandonar a nuestros semejantes y del precio que se paga por algo tan hueco como convertirse en el tirano de un pequeño reino, o en el títere de ese reyezuelo. Conrad no sitúa las tinieblas únicamente en la selva africana, sino que las ubica en el interior de quienes, en la comodidad de la civilización, creen haber encontrado razones suficientes para olvidarse del mundo que explotan sin piedad y de sus carniceras leyes.De la frontera sur de Europa, la de nuestro país también, nos llegan imágenes de policías agotados, de vecinos indignados y conmovidos, de jóvenes desesperados, de menores convertidos en un ariete. De niños y adolescentes utilizados por redes criminales, por estrategias de presión entre Estados o por llamamientos masivos espurios y asesinos. Al otro lado les aguarda una sociedad que, después de tantos años de crisis migratorias, ha desarrollado una callosidad emocional irreversible. Las fronteras producen esos extraños fenómenos.Conrad sabía que el mal rara vez llega bajo la figura de un monstruo, sino como una sucesión de pequeñas renuncias morales, de decisiones prácticas, de argumentos razonables. De beneficios inmensos reservados a una minoría y de la utilización emocional del resto como perros guardianes, como fieles defensores de lo poco que nos dan frente a lo mucho que nos roban.Me pregunto quién sigue leyendo El corazón de las tinieblas y si aún les resulta tan incómodo cuando nos obliga a cuestionar si la oscuridad se encuentra siempre al otro lado de la frontera; cuando nos obliga a admitir que las tinieblas no pertenecen a un único continente, una raza o una bandera. Ah, no, la oscuridad, sutil, temible, vencedora, siempre encontró su mejor escondite en la convicción de que nosotros, precisamente nosotros, tenemos motivos suficientes para endurecer nuestro corazón.
El horror, el horror
De la frontera sur de Europa, la de nuestro país también, nos llegan imágenes de policías agotados, de vecinos indignados y conmovidos, de jóvenes desesperados, de menores convertidos en un ariete.







