En 1985, la historietista norteamericana Alison Bechdel propuso un test para comprobar si las películas y series representaban a las mujeres como sujetos propios, y no solo como apéndice de los hombres. El resultado positivo se da si aparecen al menos dos personajes femeninos, se mencionan sus nombres y mantienen una conversación que no tenga a un hombre como tema central. Sería imposible referir todas las producciones que, aún hoy, no lo cumplen; pero una serie estrenada en el año 2000 produciría en una máquina detectora de ese test lo que un gran terremoto en un sismógrafo. La serie que está reviviendo este verano Rita Maestre: Las chicas Gilmore.Publicidad"Es una pasión que vuelve de vez en cuando a mi vida, y este verano lo ha hecho para compartirla con mi marido, que no la había visto nunca", explica. "Por las noches, cuando logramos dormir a las dos fieras y recoger la casa, vemos un capítulo, o dos si la noche ha ido muy bien". Un ratito de relax que entronca con el momento del primer visionado adolescente: "Debía tener como quince o dieciséis años, y aunque la he visto más veces, ha pasado bastante desde la última. Así que al verla ahora con los ojos de una persona más mayor, más señora, hay cosas que las percibo de manera muy distinta".La concejal del Ayuntamiento de Madrid define la producción como "una serie sobre mujeres que hablan, algo en lo que me siento muy identificada. Mujeres que hablan de todo, porque parte de la esencia de la serie es la pura cháchara, algo también muy de verano. Aunque tiene mucha trama y hay muchos giros, lo icónico de la serie es que se trata de una larga conversación". Un intercambio dialéctico que marcó a una generación entera de chicas, que descubrieron en los personajes de Lorelai y Rory Gilmore "dos mujeres brillantes que se enorgullecían de ser brillantes, de leer, de estudiar… Ese es su principal rasgo, son listas y divertidas, y eso era muy potente".Estas dos protagonistas son una joven y su madre treintañera, que la tuvo cuando ella misma era adolescente. Una escasa diferencia de edad que permitía que se entendieran en muchas cuestiones, aunque después las cosas se fueran complicando. "Es muy interesante cómo se va haciendo más compleja esa relación madre-hija, que al principio parece idílica. Una las veía y pensaba: qué guay que tu madre sea tu amiga". Pero no es oro todo lo que reluce. "Cuando la veíamos mi hermana y yo en el salón, pasaba mi madre y decía: las madres no son amigas, son madres. Entonces me daba envidia la relación de la serie, pero efectivamente tenía razón, aquello no se sostenía", recuerda entre risas.Maestre considera que Las chicas Gilmore "fue una serie rompedora por estar basada en unos personajes femeninos con fortaleza de carácter, inteligencia y vis cómica, tienen un tipo de conversación que deja alucinado a todo el mundo". Pero desde una mirada adulta y en un mundo que no ha dejado de girar en este cuarto de siglo, aunque "eso era muy rompedor hace veinte años y sigue siendo potente, está engarzado en relaciones que ahora chirrían mucho más. Los personajes padecen ese romanticismo de los dos mil de querer que las salven todo el rato, de aspirar a la típica pedida de mano, la típica boda…".PublicidadConfiesa que recordaba el tono general de la ficción televisiva "más feminista o, al menos, no tan heteronormativa", porque "es una serie donde las mujeres no se definen por su relación con los hombres, aunque las relaciones con ellos son parte de la trama". Reconoce que, "si algo se ha quedado antiguo, es esa parte. Hay cosas que antes veíamos sin cuestionarnos, por ejemplo que los celos no se discutan, que se den por normales y hasta positivos… Cuestiones que la serie no problematiza y con quince o veinte años el público tampoco, pero ahora saltan más al ojo".Pero, aunque el análisis es pertinente y las conclusiones interesantes, no es demasiado justo aplicar criterios actuales a historias contadas hace veinticinco años. "El concepto de chica empoderada de los dos mil seguía agarrado a formalismos, a una estética… a cosas que nos resultan antiguas, pero que entonces eran rompedoras", expone la madrileña. "Es una serie muy girlie porque ellas lo son, digamos que es girlie intelectual: chicas siendo superchicas y teniendo charlas muy profundas sobre literatura, sobre Noam Chomsky y Dorothy Parker". Es decir, "la pesadilla de la manosfera, y un gusto para cualquiera que adore las conversaciones inteligentes y los personajes peculiares".Algo que también ha cambiado con el tiempo para la portavoz de Más Madrid es que, cuando era joven, "las series españolas me parecían muy de andar por casa, como un sofá cómodo, que te da gustito pero no genera admiración. Veías personajes que ya eran muy parecidos a ti, no causaban la aspiración que sí producían los extranjeros. Tu habitación ya era como la de Valle de Compañeros, llena de los pósteres que regalaban con la revista Bravo". Para Maestre, "las series estadounidenses proponían mundos idealizados con los que una soñaba de adolescente. Y ahora me pasa lo contrario, las series de fuera tienen que ser muy realistas para que pueda entrar. Cuando cuentan vidas o tramas idealizadas, me resultan tan ajenas que no me interesan".PublicidadAunque a esta madrileña criada en el barrio de Ventas cada vez le cuesta más ver series, "porque llegan las once y me quedo dormida", le da pena "que hayamos perdido la costumbre de ver un episodio a la semana todos a la vez, y luego comentarlo". Por eso, en los últimos meses se ha puesto de acuerdo con algunos amigos para seguir con pasión The Pitt, una serie de médicos, "y todos los miércoles comentábamos el capítulo nuevo. Aunque también es muy satisfactorio sentarte una tarde y verte una temporada entera. Recuerdo disfrutar muchísimo haciendo eso con Paquita Salas".Este verano intentará pasarlo "lo más tranquila posible, eso contando con que tengo dos hijas pequeñas. Así que nos juntaremos con amigos en distintas casas rurales, alrededor de una piscina, unas cervezas y unos pistachos. Hablaremos un poco de actualidad política, pero luego viene la cháchara, como en Las chicas Gilmore. Y un poquito de siesta". Largos días y conversaciones interminables que a buen seguro superan a la primera el test de Bechdel.