Es curiosa la forma en que la televisión está transformándose. Y aún lo es más una figura como la de Amy Sherman-Palladino, obsesionada con no rendirse a ni una sola concesión del medio, obsesionado a su vez con la audiencia y el miedo a que algo tenga demasiado aspecto de autor. Fue capaz, Sherman-Palladino, de renunciar —ella y su marido, Daniel Palladino, el tándem perfecto— a una temporada completa —la siete— de su más exitosa primera creación, Las chicas Gilmore (Netflix), por negarse a seguir los imperativos de la cadena. ¿El resultado? La evidencia de lo que ocurre cuando se aparta a un autor de su obra: que pierde parte de su alma. Que se desdibuja. Y, a la vez, se convierte —esa temporada en concreto— en una prueba irrefutable del error de aquellos que creen que la televisión no puede desarrollar obras de autor.
La libertad con la que los Palladino escribieron y dirigieron después La maravillosa señora Maisel (Prime), la serie que protagonizan Rachel Brosnahan, en el papel de una inteligentísima monologuista, y su nada convencional agente, Susie (Alex Bornstein), la historia de dos amigas, en realidad, que se sostienen y se elevan a un olimpo propio y único, dejó bien claro cómo de lejos podía llegarse —en lo que a impecable nuevo formato, y ambición estilística se refería— cuando nada es un impedimento para el creador al frente del pequeño ejército que supone una producción de este estilo.






