Ana PalacioActualizado Martes,
agosto
22:42La acci�n exterior de un Estado no radica en tener opiniones sobre el mundo. Consiste en ordenar prioridades dentro de cauces de continuidad. Los gobiernos cambian; las mayor�as parlamentarias tambi�n. Los intereses nacionales, por contra, evolucionan con lentitud. Precisamente por eso la innovaci�n s�lo resulta fecunda cuando se apoya en la memoria. Y pocos pa�ses disponen de una memoria diplom�tica tan extensa y rica como Espa�a.Espa�a es uno de esos contados actores cuya trayectoria resulta inseparable de la propia formaci�n del mundo moderno. Desde finales del siglo XV pueden reconocerse ya los anclajes -los grandes veneros: Mediterr�neo, Europa y el Oc�ano- que, con adaptaciones l�gicamente inevitables, han mantenido una extraordinaria continuidad. No porque Espa�a se haya mantenido inm�vil, sino porque ha sabido distinguir entre lo permanente y lo circunstancial. Las "potencias medias" sienten a menudo la tentaci�n de buscar una excepcionalidad diplom�tica distintiva. Es una aspiraci�n leg�tima, siempre que no conduzca a olvidar lo que constituye su verdadera fuerza. Espa�a no precisa -ni puede- reinventarse cada legislatura. Necesita recordar qui�n es. La pol�tica exterior no empieza de cero con cada Gobierno. Es, quiz� m�s que ninguna otra manifestaci�n p�blica, la expresi�n acabada de la trabaz�n del Estado.Cuando en noviembre de 1714 Felipe V cre� por decreto la Primera Secretar�a de Estado y del Despacho -germen de nuestro actual Ministerio de Asuntos Exteriores- no estaba inventando una pol�tica internacional. Estaba dando forma institucional a una experiencia diplom�tica y estrat�gica acumulada durante m�s de dos siglos. El Estado tomaba conciencia de la vulnerabilidad que comporta una acci�n exterior exclusivamente dependiente del talento o la intuici�n de cada momento; deb�a descansar sobre la comprensi�n de los intereses duraderos de Espa�a.Esos anclajes han sido y son tres. El primero, el Mediterr�neo, impuesto por una geograf�a que convierte el Estrecho y el norte de �frica en foco ineludible. El segundo, Europa, espacio natural de nuestro equilibrio estrat�gico y cauce de nuestra contribuci�n a la consolidaci�n de Occidente. El tercero, la dimensi�n ultramarina. Conviene detenerse en este �ltimo porque no fue una consecuencia inevitable de las condiciones materiales. Fue la cristalizaci�n de una extraordinaria voluntad de proyectarse m�s all� del horizonte inmediato, la expresi�n del genio e ingenio que hicieron de Espa�a uno de los protagonistas de la primera globalizaci�n. Si el Mediterr�neo explica d�nde estamos, si Europa determina nuestra ontolog�a, el oc�ano desarrolla nuestro Plus Ultra.Han cambiado las circunstancias, las alianzas, los instrumentos de poder y las amenazas. Lo que no ha variado es el imperativo de pensar la acci�n exterior desde esos tres anclajes. Adaptarlos, s�; sustituirlos, dif�cilmente. Llama la atenci�n, por ello, que buena parte de los textos doctrinales que reflejan -intentando estructurar- las actuaciones del Gobierno estos a�os partan de un objetivo distinto: reinventar el papel internacional de Espa�a, convertirla en "nodo", en "puente", en actor de perfil innovador. Cabe relacionar esa b�squeda con la ansiedad dimanante de un mundo en mutaci�n. Pero la pol�tica global m�s eficaz rara vez es la in�dita; suele ser la m�s constante. Su misi�n no es particularizar a un Gobierno, sino defender los intereses constantes de una naci�n; no consiste en descubrir nuevas direcciones, sino en conservar el sentido de la orientaci�n cuando cambia el paisaje. Espa�a no necesita inventarse un lugar en el concierto multilateral; necesita ejercer con inteligencia el que le deparan su posici�n geogr�fica, su experiencia acumulada y una vocaci�n forjada en el tiempo.La reputaci�n internacional no se improvisa. Se acumula. Es el resultado de d�cadas de coherencia, de alianzas mantenidas incluso en la desavenencia y de posiciones previsibles para afines y adversarios. Los mandatarios pueden introducir cambios; lo que no pueden permitirse es transmitir la impresi�n de mudar de criterio y rumbo al albur de los avatares del Gobierno o de causas personalistas o partidistas. Porque la confianza, una vez erosionada, tarda mucho m�s en reconstruirse que en perderse. As�, la acci�n exterior constituye probablemente la pol�tica de Estado por excelencia.�sta es la perspectiva desde la que, a mi juicio, conviene contemplar lo sucedido en Ceuta. El debate p�blico gira estos d�as alrededor de cuestiones importantes: qu� responsabilidad corresponde a las autoridades marroqu�es en esta grave vulneraci�n de la soberan�a, que ha arrollado vidas y causado estragos; c�mo ha de interpretarse -habida cuenta del valor de los s�mbolos en la cultura marroqu�- que la invasi�n se produjera el d�a de la Fiesta del Trono; si se compartieron -y en su caso con qui�n- los informes de los servicios de inteligencia, si �stos estaban bien fundamentados; si el Gobierno reaccion� con la diligencia, unidad y coordinaci�n exigibles; o qu� errores t�cticos pudieron cometerse. Todo ello merece respuesta; y confiemos en que la tenga. Pero ninguna de esas preguntas alcanza el fondo del problema.La cuesti�n verdaderamente relevante es de mayor calado: �piensan nuestros gobernantes la acci�n exterior como pol�tica de Estado guiada por medio milenio de experiencia, o la ejecutan en sucesi�n de posicionamientos dictados por la coyuntura? El v�nculo atl�ntico es un buen campo de observaci�n. Ning�n inter�s nacional aconseja erigirnos respecto de Estados Unidos en adversario ret�rico de referencia, que una cosa es la discrepancia entre aliados y otra muy distinta hacer del distanciamiento un sello de identidad internacional. Espa�a gana influencia como aliado fiable, precisamente porque esa condici�n multiplica su capacidad de interlocuci�n. El segundo ejemplo es Europa. Resulta dif�cil entender que, cuando la inmigraci�n constituye para muchos socios una cuesti�n existencial y est� reconfigurando el debate europeo, Espa�a opte por singularizarse, con su fomento desordenado -ayuno de toda explicaci�n y consulta- de la inmigraci�n, frente a posiciones restrictivas compartidas por una amplia mayor�a de Estados miembros. La consecuencia no es reforzar nuestro liderazgo, sino disminuir nuestra capacidad para construir mayor�as precisamente all� donde m�s las necesitamos.Con Marruecos conviene evitar dos errores igualmente da�inos: demonizarlo y subestimarlo. Su renta per c�pita sigue siendo modesta y sus desigualdades, profundas. Sin duda, no es una democracia liberal. Pero reducir Marruecos a esas carencias o refugiarse en la facilidad de la cr�tica ad hominem a Mohammed VI impide apreciar el aspecto verdaderamente relevante para la reflexi�n que nos ocupa. Desde su independencia, el Reino Alauita ha desarrollado una pol�tica exterior caracterizada por la constancia, una jerarqu�a muy clara de prioridades y la utilizaci�n inteligente de todas las palancas de poder a su alcance. Esa persistencia se ha traducido en �xitos diplom�ticos -de Washington a las capitales subsaharianas-, al margen del juicio que nos merezcan. Calibrar esa realidad no implica asumir sus planteamientos. Supone reconocer que nuestra contraparte act�a con una fijeza estrat�gica que conviene tener siempre presente.Espa�a necesita recuperar claves que nunca debimos perder: las alianzas no limitan la capacidad de interlocuci�n; la hacen posible. Los Estados median porque disponen de anclajes s�lidos; no adquieren esos anclajes porque proclamen su disponibilidad para ejercer de mediadores. Los puentes son herramientas de una pol�tica exterior; nunca pueden convertirse en su base. Debemos intensificar las relaciones con Asia, con �frica y valorar sin ambages nuestro capital en Am�rica Latina. Debemos comprender el desplazamiento del centro de gravedad econ�mico hacia el Indo-Pac�fico y dialogar con los actores que cuentan. Todo ello forma parte de un dise�o coherente. Pero ninguna de esas oportunidades sustituye la tr�ada expuesta. La complementan.Lo ocurrido en Ceuta pasar�, como pasaron otras crisis antes y pasar�n las que inevitablemente vendr�n. Los vecinos seguir�n siendo los mismos, tambi�n nuestra realidad soberana, la geograf�a y los intereses permanentes; esos veneros profundos que por siglos han alimentado nuestra proyecci�n global. Volver a ellos no supone refugiarse en el pasado. Significa recordar que la continuidad no es enemiga del cambio, sino la condici�n para administrarlo con prudencia. Porque la acci�n exterior de un Estado se fundamenta en distinguir, sin desviaci�n ni desmayo, entre lo permanente y lo circunstancial.











