Noticias hoyDentro de la colapsada y multifacética tradición poética de Chile, la obra de Elvira Hernández (1951) se erige con oscura y completa singularidad. Incluso sus propios libros se transforman y mutan entre sí, dando origen a lo que el prologuista de esta antología –Guido Arroyo– señala respecto de su ingobernable escritura, a la que describe como un “organismo vital del propio texto”. Un telegrama al futuro reúne poemas de casi todos sus libros, desde La bandera de Chile –escrito en 1981 y publicado poco después de que la autora fuera detenida por la policía política de Pinochet— hasta los más reconocidos y divulgados, ¡Arre! Halley ¡Arre! (1986), Santiago Waria (1992), y más recientes como Pájaros desde mi ventana (2019) y Excavaciones (2020).Desde la crítica se ha hablado más de sus temáticas (la ciudad como “campo de sentido” donde se entrecruzan discursos y experiencias heterogéneas, dando lugar y apertura a lo marginal) que de sus aportes estéticos. Aunque dichos aportes son, en realidad, los que le brindan al hermetismo de Elvira Hernández (bajo la palabra obliterada, elusiva, alusiva y crítica) un ornamento de plasticidad sonora, un elemento de permeabilidad oral que le permite convivir mejor con una supuesta “oscuridad” o falta de un seguimiento semántico claro. Me refiero a las pausas versales (sangrías textuales), la omisión de puntuación y la introducción de jerga y habla chilena. Sin la consideración de estos elementos, que son los que llenan de sangre y vida a sus poemas, estaríamos frente a una situación más frecuente, quizás menos llamativa.Antes de leer esta antología, sólo había leído La bandera de Chile y Santiago Waria, y ambos me habían impactado profundamente. Había encontrado un poema de calibre perfecto, como “Into the eucalyptus circle…”, donde versos dispares y desordenados que flotan velozmente sobre la misma página formaban un todo armonioso que sólo se volvía tangible al leerlo. Dos libros, por así decirlo, donde estas disposiciones y juegos de sangrías y espacios en blanco (que especialmente se lucen en sus poemas más cortos) formaban cuerpos realmente notorios dentro de la tradición poética de nuestro idioma.Esperando leer algo nuevo y distinto en el resto de sus libros, tras revisar una y otra vez Un telegrama al futuro, sólo encontré algunos poemas que tocaban y perfilaban la misma altura (“Domingo”, “No hay que echarse a morir”). De hecho, contrariamente a lo esperado, la lectura del conjunto cronológico me resultó sombríamente repetitiva, como si el espíritu que forjó la obra fuera, a pesar de los cambios de máscaras y apariencias, el de un cielo gris constante y eterno que no oculta nuevas lluvias.Esto no quita ningún tipo de relevancia al aporte de Hernández, que se alza frente a una industria editorial que acompaña (incluso en este género) mucho más la distribución de la univocidad y de una retórica estéril. Y más que eso: logra forjar su singularidad frente a grandes faros de la poesía chilena, como Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Nicanor Parra; incluso frente a los más recientes, divulgados en el mundo entero, como Enrique Lihn, Roberto Bolaño, Jorge Teillier y Raúl Zurita.Un amargo eco puede perdurar tras leer muchos de los valiosos versos de Hernández, sólo comparables a las salvajes plumas del Trilce de Vallejo. Había destacado el poema “Domingo”: “más negros que el luto mismo de los días/ el color más verdadero de la nada que gotea”. Había destacado “No hay que echarse a morir”: “Después de brindar con el borrón de ti mismo/ sin cuenta nueva en el espejo/ en el bar de la esquina/ Después de marcharte con el portazo único/ de tu corazón/ por la calle larga/ y cerciorarte/ que nunca nadie te siga”.Un telegrama al futuro. Una antología, Elvira Hérnadez. Caballo Negro, 260 págs.Juan ArabiaBio completaRecibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de ClarínQUIERO RECIBIRLOPoesíaChile
Elvira Hernández, poeta chilena
Se publica Un telegrama al futuro, antología de la poeta chilena Elvira Hernández.













