Rafael Navarro-VallsActualizado Martes,

agosto

23:05La relaci�n entre el presidente de Estados Unidos y el presidente del Gobierno espa�ol nunca ha sido especialmente cercana. Pero se equivocar�a quien creyera que el distanciamiento es un problema de choque entre caracteres o de simples incidentes aislados. Aunque con motivo de la invasi�n a Ceuta ha vuelto a criticar con dureza a S�nchez, hay cuestiones de fondo que no conviene olvidar.�Por qu� en apenas unos a�os la distancia pol�tica ha dado paso a un enfrentamiento abierto que trasciende las declaraciones p�blicas y amenaza con afectar a �mbitos tan sensibles como la defensa, el comercio o la posici�n internacional de Espa�a? Y ello a pesar de los bandazos de Trump, que un d�a considera a Espa�a �un aliado terrible� y otro lo alaba, ya que �se ha redimido por completo� tras haber accedido a una solicitud de �numerosos pagos� a la OTAN.Las diferencias entre ambos dirigentes son profundas. S�nchez se ha convertido en uno de los principales referentes de la izquierda europea, defensor de la transici�n ecol�gica, el multilateralismo, la integraci�n europea y una pol�tica migratoria ampliamente permisiva. Por contraste Trump representa una pol�tica migratoria muy reductiva, el proteccionismo econ�mico, la reducci�n del papel del Estado y una visi�n muy cr�tica con las instituciones multilaterales. Sus respectivas concepciones del mundo divergen llamativamente, aunque es evidente la diferencia en la intensidad del poder mundial en uno y otro.Esas divergencias se han acentuado en el segundo mandato de Trump. Entre 2017 y 2021 (primer mandato) la relaci�n fue fr�a pero no agresiva, m�s bien discreta. S�nchez procur� mantener un perfil bajo, ya que Espa�a no ocupaba un lugar prioritario en la agenda estadounidense. Sin embargo, el regreso de Trump a la Casa Blanca ha cambiado el escenario. El nuevo presidente estadounidense ha regresado con una pol�tica exterior mucho m�s agresiva y una clara intenci�n de exigir a sus aliados un mayor alineamiento con los intereses de Washington.Espa�a contin�a situ�ndose entre los pa�ses que menos porcentaje de su PIB destinan a defensa. Trump lleva a�os denunciando que numerosos pa�ses europeos se benefician de la protecci�n militar estadounidense sin asumir una parte suficiente del coste. Espa�a se ha convertido en uno de los ejemplos que suele utilizar para ilustrar esa cr�tica. Mientras, la mayor�a de socios de la OTAN han incrementado considerablemente su inversi�n militar tras la invasi�n rusa de Ucrania.Efectivamente las tensiones alcanzaron un nuevo nivel durante las negociaciones celebradas en el seno de la OTAN. Trump insisti� en elevar el compromiso de gasto militar de los aliados hasta el 5 % del PIB, una cifra muy superior al tradicional objetivo del 2%. S�nchez rechaz� p�blicamente esa exigencia argumentando que resultaba incompatible con el mantenimiento del Estado del bienestar y las prioridades presupuestarias espa�olas. Aunque finalmente Espa�a acept� seguir aumentando su inversi�n en defensa, dej� claro que no asumir�a autom�ticamente el nuevo porcentaje defendido por Washington.Trump interpret� la negativa espa�ola como un desaf�o pol�tico, coherente con un estilo de liderazgo poco tolerante con la discrepancia, que castiga p�blicamente a quienes considera desafiantes y premia la lealtad absoluta. Desde ese momento, las referencias cr�ticas hacia Espa�a comenzaron a multiplicarse.La situaci�n se agrav� a�n m�s cuando el Gobierno espa�ol adopt� posiciones diferenciadas respecto al conflicto en Oriente Medio, defendiendo el reconocimiento del Estado palestino, una decisi�n que fue recibida con gran recelo por la Administraci�n estadounidense. Otro elemento que ha deteriorado la relaci�n ha sido la creciente proximidad ideol�gica entre Trump y algunos dirigentes europeos enfrentados pol�ticamente a S�nchez. El presidente estadounidense mantiene una excelente relaci�n con l�deres conservadores y nacionalistas del continente, muchos de los cuales consideran al presidente espa�ol uno de los principales exponentes de la izquierda europea. La antedicha afinidad ha reforzado la percepci�n de que ambos mandatarios representan modelos pol�ticos incompatibles.Existen, desde luego, diferencias de entidad en lo que podr�amos llamar la dimensi�n personal entre dirigentes. Trump concede una enorme importancia a las relaciones individuales con otros l�deres mundiales. A diferencia de otros presidentes espa�oles, S�nchez nunca ha logrado establecer con Trump y Estados Unidos una relaci�n de confianza, circunstancia que ha agravado las discrepancias pol�ticas. Las escasas reuniones mantenidas entre ambos han estado marcadas por la frialdad protocolaria y por la ausencia de gestos de cercan�a.Las tensiones entre el presidente norteamericano y el jefe del Gobierno espa�ol tienen tambi�n otra vertiente de fricci�n. Me refiero a las pol�ticas interiores de ambos. S�nchez ha utilizado a Trump ante los espa�oles como ejemplo de la expansi�n internacional de la extrema derecha, mientras que numerosos dirigentes pr�ximos al movimiento MAGA presentan al Gobierno espa�ol como uno de los exponentes de las pol�ticas progresistas que pretenden combatir. De este modo, ambos dirigentes se han convertido en referencias negativas para sus respectivos electorados.El enfrentamiento no ha tenido un car�cter simb�lico. La Administraci�n Trump ha insinuado la posibilidad de revisar determinadas relaciones comerciales y militares con aquellos aliados que no contribuyen suficientemente a la defensa com�n. Espa�a alberga instalaciones estrat�gicas para Estados Unidos, como las bases de Rota y Mor�n. Aunque resulta improbable una clausura de estas infraestructuras, cabr�a plantearse desde mayores presiones diplom�ticas hasta renegociaciones m�s exigentes.En el �mbito econ�mico tampoco pueden descartarse enfrentamientos. De hecho, durante sus dos mandatos, la Casa Blanca ha convertido la pol�tica arancelaria en instrumento jur�dico de presi�n. Si las discrepancias entre Trump y S�nchez contin�an aumentando, Espa�a podr�a verse afectada indirectamente por medidas comerciales dirigidas contra determinados sectores europeos o presiones al Gobierno.No obstante, conviene distinguir entre la ret�rica pol�tica y la realidad institucional. Estados Unidos mantiene intereses estrat�gicos permanentes en Espa�a que van mucho m�s all� de la relaci�n entre dos dirigentes concretos. La cooperaci�n en materia de inteligencia, lucha contra el terrorismo, defensa o inversiones econ�micas responde a necesidades estructurales que dif�cilmente desaparecer�n por un conflicto personal. Ambos son conscientes de la cat�strofe que supondr�a para la Moncloa y la Casa Blanca a una rotura total.La gran inc�gnita consiste en determinar hasta qu� punto esta enemistad puede prolongarse. Si S�nchez permanece al frente del Gobierno durante lo que resta de la presidencia de Trump es probable que la tensi�n contin�e siendo elevada y que ambos aprovechen pol�ticamente sus diferencias. Trump encuentra r�dito electoral present�ndose como un dirigente que exige responsabilidades a unos aliados europeos que considera poco comprometidos, mientras que S�nchez puede reforzar su imagen como defensor de la autonom�a europea frente a las presiones estadounidenses.No obstante lo dicho, tambi�n existen factores positivos para una cierta normalizaci�n. Frente a desaf�os alarmantes como la guerra en Ucrania, la inestabilidad en Oriente Medio o la creciente influencia de China, Trump y S�nchez est�n abocados a comprender que existen intereses estrat�gicos compartidos, que unen m�s que desune la falta de empat�a personal. La geopol�tica actual obliga a mantener una estrecha coordinaci�n entre Estados Unidos y Europa. Aunque todo indica que la relaci�n entre Trump y S�nchez seguir� siendo una de las m�s complicadas entre Washington y una capital europea, pues las diferencias ideol�gicas son demasiado profundas y el estilo pol�tico de ambos favorece la confrontaci�n antes que el consenso, conviene no sobredimensionar el componente personal. La historia demuestra que las alianzas internacionales suelen sobrevivir a los l�deres que las protagonizan.La verdadera cuesti�n no es si Trump y S�nchez conseguir�n reconciliarse, algo que parece poco probable, sino si ser�n capaces de impedir que su enfrentamiento personal termine perjudicando los intereses de sus respectivos pa�ses. Esa ser� la prueba m�s importante durante los pr�ximos a�os. Si ambos priorizan la l�gica institucional sobre la confrontaci�n pol�tica, la cooperaci�n podr� mantenerse pese a las diferencias. Si, por el contrario, convierten cada desacuerdo en un pulso pol�tico, la relaci�n bilateral podr�a entrar en una etapa de tensi�n desconocida desde hace d�cadas.Rafael Navarro-Valls es catedr�tico em�rito y Profesor de Honor Vitalicio de la Universidad Complutense de Madrid