Ni la charla informal sobre fútbol, el Mundial e incluso el golf, ni las "buenas palabras" que, según Pedro Sánchez, se intercambió con Donald Trump han servido para desactivar el principal foco de fricción entre ambos gobiernos: el gasto militar. La cordialidad y "amabilidad" que el presidente español quiso destacar de su "charla informal" con el mandatario estadounidense no ha alterado la posición de ninguno de los dos ni ha suavizado las críticas de Washington y de la OTAN a la negativa de España a elevar su inversión en defensa hasta el 5% del PIB. Trump sigue situando a España entre los países que no cumplen en la OTAN.Sánchez optó por no responder a las duras descalificaciones de Trump ni siquiera tras la amenaza comercial que Trump le había lanzado apenas unas horas antes. A diferencia de otras ocasiones, el presidente del Gobierno prefirió destacar el tono "amable" de la conversación que ambos mantuvieron al margen de la cumbre. Sin embargo, ese gesto de distensión no se ha traducido en un acercamiento político. Apenas unas horas después del encuentro, Trump volvió a situar a España entre los aliados que, a su juicio, no cumplen con el esfuerzo que exige la Alianza Atlántica. "Han sido muy malos", lanzó al término de la cumbre.Y es que el presidente del Gobierno no se movió de la posición que ha defendido durante los últimos meses. Insiste en que España ya satisface el compromiso adquirido al alcanzar el 2% del PIB en defensa y rechaza asumir el objetivo del 5% fijado para 2035, una cifra que tanto Trump como el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, consideran necesaria para responder a las nuevas capacidades militares que reclama la Alianza."Son más las cosas que nos unen que las que nos separan", resumió Sánchez para reivindicar la solidez de la relación bilateral con Estados Unidos, aunque dejando claro que esa voluntad de entendimiento no implica modificar la posición española sobre el gasto en defensa. A pesar de que el presidente del Gobierno aseguró tener "la mejor" de sus voluntades y "el mayor" de sus compromisos para tener "la mejor relación con EEUU", el mandatario estadounidense no cambió en ningún momento de la cumbre el tono con España, a la que calificó de "socio terrible" y "caso perdido". Incluso dijo haber dado orden para romper las relaciones comerciales con España, una amenaza que Sánchez minimizó al recordar que esas relaciones corresponden a la Unión Europea y que, en la práctica, "se tejen entre empresas", no entre gobiernos.Sánchez salió de la cumbre reivindicando el resultado obtenido: presumió de haber acudido con "los deberes hechos" tras elevar el gasto en defensa hasta el entorno del 2% del PIB y sostuvo que ese porcentaje es suficiente para cumplir los compromisos de capacidades adquiridos con la Alianza. Sin embargo, esa lectura no es compartida ni por el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, que considera que España tendrá que seguir incrementando su inversión para cumplir plenamente los objetivos fijados, ni mucho menos por Donald Trump. El presidente estadounidense volvió a dejar claro tras la cumbre que no piensa renunciar al objetivo del 5% y que seguirá presionando a los aliados para alcanzarlo. "Los llevé al 2% y los llevaré al 5%", proclamó.Y es que las amenazas de romper las relaciones comerciales con España son el último episodio de una escalada de tensión que se ha ido intensificando desde el regreso de Trump a la Casa Blanca. En estos meses, el presidente estadounidense ha situado repetidamente a España en el foco de sus críticas por rechazar el objetivo del 5% del PIB en defensa. Ha llegado a calificar al Gobierno de Sánchez de "caso perdido", ha equiparado a España con los países de los BRICS, ha advertido de "graves consecuencias" si mantiene su negativa, ha deslizado la posibilidad de dejar al país al margen de la OTAN, ha amenazado con represalias comerciales en muchas ocasiones y con imponer aranceles específicos a los productos españoles.Pero el pulso entre ambos gobiernos va más allá del debate sobre el gasto militar. Washington y Moncloa también han chocado por la respuesta europea a la política arancelaria impulsada por Trump, por las diferencias respecto a la guerra en Gaza y la situación en Oriente Próximo, por la política migratoria y por la negativa de España a autorizar el uso de las bases de Rota y Morón para determinadas operaciones estadounidenses contra Irán. A ese clima de creciente fricción se ha sumado en las últimas semanas el caso de José Luis Rodríguez Zapatero, después de que se conociera que información facilitada por las autoridades estadounidenses a la justicia española contribuyera a la investigación que mantiene imputado al expresidente, un episodio que ha añadido un nuevo elemento de tensión a una relación bilateral ya especialmente deteriorada.