Madrid es un poco ninguna parte. Las mitologías que en el resto de Europa construyen una identidad, aquí parecen no existir o están tan diluidas como los restos de la Guerra Civil en la ciudad que más resistió el asedio de los nacionales. Franco, el famoso dictador gallego, siempre detestó la capital. Se fue a vivir al Palacio del Pardo. Un lugar diseñado por artistas como residencia para aquellos reyes atados a un caballo, bajo los trágicos cielos de Castilla. El poder en España, históricamente, no tiene que ver con el dinero. Era un latido místico y la posibilidad de la muerte. Era el prestigio, los ademanes, la presencia. Algo inmaculado y ajeno a la crítica que, al resquebrajarse, pasaba a ser el vómito de los dioses. Una plegaria y una blasfemia. Sin término medio. Un absoluto con el que no es posible discutir. ¿O es que los océanos se atienen a razones? Y eso es Castilla: un océano invertido. Ese estigma está en Madrid, una ciudad sin mar, cercada por un cielo infinito y con el único ruido de fondo de la M-30, autovía que circunvala la ciudad como un muro de granito donde rompen las ilusiones de la clase media. El origen del equipo blanco está ahí, en esa ciudad con ansias imperiales en el centro geográfico de un país en sequía permanente. Quizás eso sea el Madrid. Lo que llueve sobre nosotros. Mourinho da órdenes a Güler contra la Fiorentina. (AFP7) Excepto el Santiago Bernabéu, no hay una imagen de Madrid que ronde por el mundo. Cuando los americanos hacen sus películas de catástrofes, siempre se olvidan de la capital de España. La roca gigante que viene del espacio destroza en Londres el palacio de Westminster. La mitad del mundo, colonizada por los ingleses, sonríe encantada. Una ola descomunal se lleva por delante la basílica de San Pedro en Roma. Ya que Dios ha muerto, matemos a quien usurpe su trono, parecen decir los guionistas. En París tienen la Torre Eiffel, toda una provocación para una civilización alienígena con ganas de hacer el gamberro en esa ciudad tan sobrevalorada. De Madrid, sin embargo, no se conocen sus catedrales ni sus palacios. No hay rascacielos de 300 pisos ni esa huella de la historia que convierte la vida en París, Roma o Viena en una representación teatral. Madrid es la realidad. Es algo inasible: el presente. El Real Madrid vuelve a ser el mal Su gran cualidad es el fluir de la vida. La única concesión al pasado es el conteo de las Champions del Madrid. O su ausencia. Porque la mitad exacta de la capital respira a la contra. Sus colores son los rojiblancos. Y toda su identidad está levantada contra los merengues. Tal es así que, si juntáramos los imaginarios colectivos de los dos clubs, daríamos con un madrileño perfecto. Un hombre que sueña con ser John Wayne y perseguir canteranos de La Masía montado a caballo pero en el día a día, se viste de Nino Manfredi, con un barato traje gris marengo, para ser humillado en el trabajo por un jefe aún más cornudo que él. Acabados los fastos de la selección de la amistad, la integración y el pase azul marino; llega el terrible Real Madrid. Ya no se hablará más de las estupendas historias de superación. Los argentinos (que antes eran Borges y ahora son el Cuti Romero), dejarán de representar el mal. Esa sustancia pegajosa pasa a ser blanca, pura, indeleble y vasta como los océanos de silencio donde navegan los planetas. Bellingham persigue un balón dividido junto a Nico González. (AFP7) El Real Madrid se concibe como el origen del mal. El ángel caído que se insinúa con crueles intenciones; de ahí el blanco, color que odian las madres porque no es sufrido. Evoca pureza y una oscura pulsión totalitaria. Todos los clubes (incluida la Selección) se construyen frente al equipo merengue. Subiendo por la Castellana, la arteria que vertebra lo esencial de la nación, del Museo del Prado al Bernabéu, va apareciendo la enorme catedral de metal. Parecen los restos de una civilización alienígena. Y, como todo en España, está en permanente construcción. En medio de un barrio de altos funcionarios, Chamartín, emerge un monstruoso caparazón brillante. Así es el Madrid. Una ruptura con lo real. Una fantasmagoría. No es extraño que la Selección solo funcione cuando contiene un exiguo número de madridistas o ninguno en absoluto. Sus posturas son irreconciliables. Sus universos contrarios. La primera es un recipiente moralizante y la otra, el último vestigio de la antigüedad. La corriente de lava por la que se deslizan los continentes. En el interior del Bernabéu, el ambiente se enfría, se condensa en un tiempo histórico o en un aburrimiento propio de una novela existencial donde todo se prepara para "lo que está por venir". Mientras, la gente rumia su desencanto con el presente. Cucurella, nuevo jugador del Real Madrid y campeón del mundo. (EFE/Victor Lerena) Mastantuono sueña con ser despeñado por un acantilado antes de enfrentarse a ese monstruo silencioso. Camavinga no piensa porque, si pensase, se convertiría en un poeta agónico, de los que se preguntan a todas horas por el sentido de la existencia. ¿Qué hago yo aquí?, ¿para qué sirve este balón?, ¿qué hace este señor con la camiseta del Madrid? El Real Madrid, alejado de la Selección Española En la última semana, el hincha de la Selección ha mutado en madridista. Y como tal ha pasado de ser una aburrida persona de clase media a un hombre malencarado, burlón y absurdamente crítico. De ciudadano ejemplar a paria de una nación en rebeldía contra sí misma. En la Calle Alcalá, algo más allá de las Ventas, pasando el puente sobre la M-30, hay una cuesta larga y fea donde todo se cae a pedazos. Es ninguna parte. Una de esas zonas de transición de las ciudades que son como los bordes de la luna: sitios inhóspitos donde las leyes naturales son tan crueles que solo es posible la supervivencia. No hay ciudadanos con su cajita llena de valores, democracia y educación. Hay gente amontonada y feroz a la que la sociedad solo quiere ver en películas, porque sufren muy bien o en las páginas de sucesos, porque mueren como nadie muere. Cuando llegó la crisis, hace 15 años, esa cuesta se llenó de mendigos, de gente que se había quedado sin techo, de tribus venidas de las fronteras del imperio para habitar los entresijos de los puentes. Había un hombre, el rey de los mendigos, que venía de algún lugar del sur de España. Se llamaba Manuel y le faltaba un brazo. Vinícius celebra un gol contra el Atlético. (AFP7) No era un estúpido. Tenía conocimientos que sin él se hubieran perdido: sobre la gente, sobre la vida en la calle, sobre las mujeres, sobre la guerra. Y sobre el Real Madrid. Llevaba encima un pequeño frasco con la sangre de Cristo, una medalla de la legión y una foto firmada de Florentino Pérez dándole la mano a Zidane. Sabía que Cristo y el Real Madrid no abandonan a nadie. Y cuando lloraba, lo hacía en brazos de la Virgen del Carmen, que, según afirmó un día, tenía dentro la misma ternura de Butragueño. La ternura de la salvación. Manuel tenía fantásticas historias sobre la ausencia de su brazo. Una ausencia menor para él. Solo era carne y la carne morirá con la noche. Todos los días y todas las horas se interrogaba en alto por el origen de sus desdichas: la falta de su madre, quien le abandonó cuando tenía cuatro años. Esa obsesión que no le dejaba sitio para nada más, era la melodía de su vida, excepto en los 90 minutos que jugaba el Madrid cada semana. Ahí todo se paraba y todo volvía a empezar. Tenía otra vez cuatro años y el mundo era un sitio con leyes claras, con sentido y con belleza y donde casi siempre ganan los buenos. Esos 90 minutos le restituían al paraíso de donde había sido expulsado. No soportaba al resto de los equipos españoles. Especialmente a los que vestían de rayas. De vez en cuando pasaba un atlético a su vera y le susurraba: "Qué, Manué (burlándose de su acento andaluz), ¿dónde se te olvidó el brazo?". "En el mismo sitio donde tenéis las Champions, hijo de la gran..., de donde no se vuelve", le contestaba.
Olvidemos Argentina y el Mundial, el Real Madrid reclama su trono de villano en el fútbol
Una vez acabado el Mundial con la victoria de España frente a Argentina, el Real Madrid vuelve a representar el mal absoluto en el fútbol. Un club sobre el que el resto construye su identidad y el objetivo a destruir. Su afición (y un servidor) orgullosa






