A la hora de escribir estas notas las autoridades cifran en 94 los fallecidos en la crisis migratoria que ha tenido como epicentro a Ceuta tras el intento de llegar a España desde Marruecos. Una cifra que se suma a los miles que, según Caminando Fronteras, murieron en 2025 (más de 3.000) y en el primer semestre de 2026 (1.400) en rutas que, iniciadas con la esperanza de una vida mejor, terminan demasiado a menudo segando las vidas de hombre y mujeres jóvenes principalmente, así como la de decenas y decenas de niños y niñas menores de edad.
Lo que no podemos permitir es que pase el recuerdo de cada una de las víctimas que han perecido buscando un lugar mejor en el que desarrollar sus capacidades e intentar cubrir al menos sus necesidades
Esa fosa común, bautizada como “cementerio sin lápidas”, alberga un número de muertos que quedará en la incógnita y que, pasado el «ruido» actual, dejará de ser noticia. Sin lápidas, o sea, sin identidad: 35.205 migrantes desaparecidos en el Mediterráneo desde 2014, según la Organización Internacional para las Migraciones, cuyos familiares siguen esperando noticias.
Y ha tenido que ser una avalancha humana, al parecer programada o al menos permitida por la reputadísima monarquía constitucional del Reino de Marruecos, que deja ver, sin sutileza, una dictadura bajo el poder omnímodo del rey Mohamed VI y su camarilla, el Majzen, que controla el país por encima del gobierno y del Parlamento. Eso ha convertido, aunque en segundo plano, a Marruecos en protagonista de esta tragedia.










