0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialLa frontera entre Marruecos y Ceuta fue ayer un coladero por el que entraron en España miles de personas, en su mayoría marroquíes. En esta avalancha, al cierre de esta edición 16 personas habían perdido la vida en 24 horas. Si en la última semana el flujo migratorio en esta frontera se cifraba en unos pocos cientos de personas diarios, ayer la cifra se multiplicó exponencialmente, ante la pasividad de la policía fronteriza marroquí. La Policía Nacional y la Guardia Civil, encargadas de vigilar el paso fronterizo, se vieron desbordadas, por lo que el Gobierno desplegó al ejército e incrementará las embarcaciones de la Marina y la Guardia Civil en la zona. En estas circunstancias, Italia se plantea suspender el espacio Schengen en el caso de España.También están desbordados los centros de acogida en ­Ceuta, ciudad por la que deambulan los recién llegados, tras saltar la valla y rodear a nado el espigón que separa el territorio ­marroquí de la ciudad autónoma española. La incertidumbre que produce esta crisis se ve acrecentada porque no es fácil controlarla de modo satisfactorio e inmediato, por más que Madrid y Rabat coincidan en su deseo de colaborar para lograrlo. Fernando Grande-Marlaska, ministro del Interior español, viajará hoy a Ceuta para hacerse cargo de la situación, que según testimonios de las fuerzas de seguridad españolas llegó a estar fuera de control.La desproporción entre el número de efectivos policiales destacados en Ceuta y la avalancha de marroquíes impide achacar a los primeros lo sucedido. Pero no impide reprochar al Gobierno que le haya cogido sin los equipos necesarios para proteger la frontera in situ. Conviene aclarar si los servicios de información han cumplido diligentemente con sus obligaciones y, de ser así, la razón por la que no había más policía en la frontera.Miles de marroquíes entran en España de manera irregular en un solo díaPor desgracia, la experiencia nos indica que intrusiones de esta envergadura pueden tener un trasfondo político, puesto que Rabat las ha permitido o favorecido en el pasado, a modo de medida de presión sobre España. Así ha sucedido en varias ocasiones en las que las relaciones entre los dos países, sujetas a tensiones, entraron en fase de crisis.Fue muy aparatosa, en este sentido, la crisis de mayo del 2021, cuando en dos días entraron en Ceuta de modo irregular unos ocho mil inmigrantes y también se decidió desplegar al ejército. Ocurrió un mes después de que España permitiera la hospitalización en Logroño del líder del Frente Polisario Brahim Gali, enfermo de covid. En aquel caso, un ministro marroquí admitió de modo prácticamente explícito el vínculo entre ambos hechos.Con este y otros antecedentes, dos acontecimientos recientes adquieren cierto valor para iluminar lo sucedido. Diez días atrás, Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, fue recibido por el presidente de Argelia, Abdelmayid Tebun, en Argel, donde ambos escenificaron la superación del choque diplomático registrado en el 2022, cuando España vino a dar por buenas las tesis marroquíes sobre el Sáhara Occidental. Dicha escenificación quizás no complaciera a Marruecos... Y a inicios de mes, el Tribunal Supremo determinó que no se puede devolver “en caliente” a quienes tratan de llegar a nado a Ceuta o Melilla. Lo cual quizás haya animado a miles de marroquíes a ponerse el bañador y probar fortuna.A principios de mes, el Supremo decidió no devolver “en caliente” a los que llegan a nadoLas relaciones de España con los vecinos del Magreb, y en especial con Marruecos y Argelia, han sido siempre complejas, a veces con choques abiertos, otras con choques latentes. No hace falta retrotraerse a los tiempos del protectorado español, ni siquiera a la reivindicación de Marruecos sobre Ceuta y Melilla. Basta con recordar que Marruecos y Argelia se llevan mal, que España mantiene estratégicas relaciones económicas o energéticas con ambos países y que, por lo general, cuando se reparan con uno de ellos se averían con el otro. Las relaciones bilaterales son a menudo complicadas. Las trilaterales pueden ser endiabladas. Y más aún desde que Trump, durante su primer mandato, realzó el papel regional de Marruecos y sacudió el tablero en el que juegan los países situados al norte y al sur del estrecho de Gibraltar.La mejor vía para tratar de resolver o al menos contener crisis como la de Ceuta es la diplomática. Ayer, fuentes oficiales españolas y marroquíes se apresuraron a decir que sus mutuas relaciones eran buenas y de cooperación. Pudo sonar a hipocresía, visto lo que pasaba en Ceuta. Pero pudo sonar también a diplomacia, y así reflejar la convicción de que lo que se ha roto se puede –y se debe– recomponer.