Las llamas que arrasaron este verano decenas de miles de hectáreas entre Ávila y Madrid en el mayor incendio registrado en España desde que existen estadísticas —unas 50.000 hectáreas calcinadas solo en esa última provincia, casi cinco veces la superficie de la ciudad de Barcelona—, no fueron una desgracia aislada. Ni el fuego de Vall d'Uixó, que devoró cerca de 96 kilómetros cuadrados —cinco veces la Casa de Campo de Madrid— en Castelló; ni el gigantesco incendio de la Gironde francesa, que abrasó a las puertas de Burdeos una extensión equivalente a cuatro veces la superficie urbana de París. No fueron, según la ciencia, fruto de una serie de catastróficas desdichas inconexas, sino de un cambio mucho más profundo que está transformando el clima del sur de Europa.PublicidadEsa es la conclusión de un estudio científico internacional publicado en la revista Scientific Reports firmado por investigadores de las universidades de Santiago de Chile, Groningen (Países Bajos) y Colorado Boulder (Estados Unidos), la Agencia Japonesa para la Ciencia y Tecnología Marino-Terrestre y la Agencia Estatal de Meteorología de España, entre otras instituciones. Tras analizar más de cuatro décadas de datos meteorológicos y estadísticas oficiales de incendios en Portugal, España, Francia, Italia y Grecia, los autores concluyen que el sur de Europa "está entrando en una nueva etapa caracterizada por un riesgo extremo de incendios".El mensaje más contundente del estudio se basa en uno de sus hallazgos más inquietantes: el número de días de verano con condiciones meteorológicas extremas para la ignición y la propagación del fuego se ha duplicado desde 1981 en amplias zonas de la península ibérica y del resto del Mediterráneo occidental. Es decir que aunque los incendios sigan comenzando por una chispa, un rayo, una negligencia o un accidente, cada vez encuentran un escenario mucho más favorable para convertirse en catástrofes difíciles o imposibles de controlar.La advertencia llega apenas unos días después de que el jefe de la Unidad Militar de Emergencias (UME), el teniente general Francisco Javier Marcos, resumiera con una frase el cambio de paradigma que describen los científicos: "A los grandes incendios forestales no se les puede atacar, solo nos podemos defender". Para los autores del estudio, esa sensación compartida por quienes combaten el fuego sobre el terreno tiene una explicación objetiva: el clima está empujando a los incendios hacia una nueva dimensión.Menos incendios pero mucho más destructivosLa paradoja que describen los investigadores es que, contra lo que podría pensarse al ver las imágenes de Ávila, Madrid, Zamora o Burdeos, en el sur de Europa se producen hoy menos incendios que hace 40 años. Las campañas de prevención, la mejora de los sistemas de vigilancia, el endurecimiento de la legislación, la reducción de las quemas agrícolas y la profesionalización de los dispositivos de extinción han logrado disminuir de forma sostenida tanto el número de fuegos como, en muchos países mediterráneos, la superficie media quemada. Sin embargo, esos avances empiezan a quedar neutralizados por un clima que convierte cualquier incendio en una amenaza potencialmente descontrolada.PublicidadLos autores del estudio atribuyen esa transformación al aumento sostenido de las temperaturas por la crisis climática, a la mayor frecuencia e intensidad de las olas de calor y a la disminución de las precipitaciones estivales. Su análisis concluye que en amplias zonas de España, Portugal, Francia, Italia y Grecia, incendios que hace unas décadas podían contenerse hoy terminan escapando a cualquier capacidad de extinción.Lo ocurrido el verano pasado en Galicia y León fue otra señal de ese nuevo escenario. El incendio de Larouco, entre Ourense, Lugo y El Bierzo leonés, se convirtió en el mayor de la historia de Galicia y uno de los más extensos jamás registrados en España, con una superficie afectada superior a las 35.000 hectáreas —equivalente a la mitad de la superficie del municipio de Madrid—. Junto a los grandes incendios de Chandrexa de Queixa, Oímbra y otros focos en la provincia de Ourense, aquel verano convirtió a 2025 en uno de los peores años de la serie histórica.PublicidadEl mismo patrón se repitió en El Bierzo y en Extremadura, donde varios grandes incendios se propagaron bajo condiciones extremas de calor, sequedad y viento. Pero no fue solo una cuestión de superficie quemada. Los equipos de extinción describieron comportamientos del fuego inusuales: llamas de decenas de metros de altura capaces de generar su propia dinámica con independencia del viento; enormes focos secundarios a cientos de metros del frente principal; cambios bruscos de dirección que rompen las reglas tradicionales con las que los operativos llevaban décadas trabajando... Esa pérdida de capacidad de predicción es, precisamente, una de las consecuencias que el estudio vincula al incremento de los episodios de meteorología extrema favorable a los incendios.Un paisaje preparado para arderPara llegar a esas conclusiones, los investigadores recurrieron a uno de los indicadores más utilizados por los servicios meteorológicos y los organismos de protección civil de todo el mundo: el fire weather index (FWI) o índice meteorológico de riesgo de incendios. Este parámetro combina variables como la temperatura, la humedad del aire, la velocidad del viento y las precipitaciones para calcular hasta qué punto un paisaje está preparado para arder y si puede hacerlo sin control. No mide la probabilidad de que alguien provoque un incendio, sino las condiciones que encontrará el fuego si llega a iniciarse. Y el resultado que ofrece para el sur de Europa es inequívoco: esas condiciones son hoy mucho más favorables que hace cuatro décadas.Los mapas elaborados por el equipo de científicos muestran un patrón prácticamente continuo desde el oeste de la península ibérica hasta Grecia. En amplias zonas de España, Portugal, Francia, Italia y en la península helénica, el número de jornadas estivales con valores extremos del FWI se ha duplicado y más en algunos lugares desde comienzos de la década de los 80. Para los autores, no se trata de una sucesión de veranos excepcionales sino de una tendencia persistente que refleja un cambio de fondo en el clima mediterráneo.Se propagan con mayor rapidez, alcanzan intensidades más altas y generan situaciones en las que apenas se puede contener su avanceEsa mudanza tiene una explicación física relativamente sencilla. El aumento de las lluvias durante el invierno y la primavera dispara el crecimiento de la vegetación secundaria; el incremento sostenido de las temperaturas acelera la pérdida de humedad del suelo y de esa flora; la reducción de las precipitaciones durante el verano prolonga los periodos de acusada sequedad... El resultado es un combustible forestal —los equipos de rescate ya hablan directamente de "gasolina" cuando se refieren a él— cada vez más inflamable durante más tiempo. Si a ese escenario se suma una ola de calor y un episodio de viento intenso, el comportamiento del fuego cambia radicalmente: los incendios se propagan con mayor rapidez, alcanzan intensidades mucho más altas y generan situaciones en las que los medios de extinción apenas pueden contener su avance. Esa es la dinámica que el estudio identifica como la principal amenaza para el sur de Europa en las próximas décadas.Los investigadores añaden un elemento más que ayuda a comprender por qué unas temporadas son peores que otras. Junto al calentamiento global, fenómenos de variabilidad climática como la llamada "oscilación del Atlántico Norte" —NAO, en sus siglas en inglés— y "El Niño–oscilación del sur" —ENSO— influyen en las condiciones meteorológicas del Mediterráneo y pueden aumentar o reducir el riesgo de incendios en un año concreto. Pero esos ciclos naturales no contradicen la tendencia principal observada en el estudio: sobre esa variabilidad se impone un aumento sostenido del riesgo asociado a la crisis climática, que hace cada vez más frecuentes los días con condiciones extremas para la propagación del fuego.Un cambio de paradigmaLa consecuencia va mucho más allá de una estadística sobre incendios forestales. Lo que describe el estudio es un cambio de paradigma. Durante las últimas cuatro décadas, los países del sur de Europa han invertido millones de euros en mejorar los dispositivos de prevención y extinción, han profesionalizado los operativos, han incorporado medios aéreos cada vez más sofisticados y han conseguido reducir de forma muy notable el número de incendios. Pero, al mismo tiempo, el calentamiento del clima está modificando las condiciones en las que esos incendios evolucionan. El resultado es que un solo fuego puede escapar de cualquier capacidad de respuesta y destruir en pocos días lo que antes ardía a lo largo de toda una campaña.Los autores no sostienen que todos los incendios vayan a convertirse en catástrofes ni que cada verano vaya a ser peor que el anterior. De lo que advierten es de que la probabilidad de que se produzcan incendios extremos es hoy mucho mayor que hace 40 años y que esa tendencia continuará si siguen aumentando las temperaturas y prolongándose las sequías estivales. Por eso, consideran que reducir la probabilidad de que se produzcan llamas no basta: hay que adaptar la gestión forestal y la planificación del territorio a un escenario climático completamente distinto del que dio forma a las políticas de incendios de finales del siglo XX.PublicidadEntre las medidas que apuntan figura el uso de herramientas de predicción estacional basadas en indicadores como el fire weather index y en grandes patrones de variabilidad climática como la Oscilación del Atlántico Norte o El Niño. Conocer con meses de antelación la probabilidad de que un verano reúna las condiciones propicias para grandes incendios permitiría reforzar la vigilancia, planificar mejor los recursos de extinción y actuar antes sobre el combustible forestal acumulado. La gasolina, o sea. La adaptación, concluyen, debería ser un elemento tan importante como la lucha contra el fuego en el mismo monte.La advertencia del estudio publicado en Scientific Reports llega en un momento en el que el Mediterráneo encadena varios veranos marcados por incendios de dimensiones inéditas. De Larouco a El Bierzo, de la Sierra de Gata a Ávila, de Castellón a las Landas francesas, los grandes fuegos de los últimos años parecen responder a un mismo patrón: son menos, pero mucho más intensos, rápidos, imprevisibles y dañinos. Algo que bomberos forestales, técnicos y servicios de emergencia llevan años advirtiéndolo como intuición: la crisis climática no solo está aumentando drásticamente el riesgo de incendios, está cambiando la naturaleza del fuego.
La nueva era del fuego: los días de riesgo extremo de incendios se han duplicado en España desde 1981
Una investigación de varias universidades e instituciones internacionales prueba que el cambio climático está provocando en el sur de Europa siniestros mucho más intensos, incontrolables y destruct...









