Hubo un momento en que la competencia parecía sencilla. Las plataformas de entretenimiento invertían en sumar películas, series o documentales convencidas de que el catálogo era el principal argumento para atraer usuarios. Si una tenía mil títulos y otra dos mil, la ecuación parecía resuelta.
Hoy esa lógica empieza a mostrar grietas. Pues el problema ya no es la falta de contenido, sino el exceso. Nunca fue tan fácil encontrar algo para ver y, al mismo tiempo, nunca fue tan común pasar varios minutos recorriendo recomendaciones sin decidirse por ninguna. Lo que escasea no son las opciones; es el tiempo para aprovecharlas.
Herbert Simon anticipó esa tensión mucho antes de que existieran Netflix o los teléfonos inteligentes. En uno de sus ensayos, escribió: “Lo que la información consume es bastante evidente: consume la atención de quienes la reciben. Por ello, una abundancia de información genera una pobreza de atención”.
Esa idea terminó convirtiéndose en el punto de partida de lo que hoy conocemos como economía de la atención. Y vista desde la Argentina de 2026, la frase resulta más vigente que nunca.
El negocio ahora compite por horas









