30 de julio, 2026 - 06h30Antes fue el libro, ahora es la pantalla; antes fue el púlpito, ahora son las redes; antes fueron las ideologías, ahora son los TikToks; antes fueron las personas, su talento, su verdad o su mentira, ahora es la inteligencia artificial; antes fueron los valores, ahora es la saturación y la desinformación; antes fueron los razonamientos, ahora son los enredos dialécticos y la mentira escondida en la “posverdad”; antes era el individuo, hoy es el algoritmo; antes era el razonamiento, ahora son los micromensajes.Las pantallas de la televisión, de la computadora y la mínima del celular se han convertido en el pozo de la sabiduría. Hace algún tiempo, se decía “está en el periódico” y se apelaba así a una fuente más o menos confiable de información, ahora el argumento es “dijeron en el TV” o “es tendencia en las redes”. Y la verdad es que ya no hay una categoría racional o una dimensión ética que sea el referente. Ahora es la afirmación al desgaire que se cola en un reportaje, la opinión de algún inteligentísimo, la sentencia de un populista de la imagen, o lo que alguien soltó en las redes, o lo que dijo un hábil en un tiktok.De cualquier modo, el papel impreso agoniza y el libro nadie lee, o quizá pocos. Se construye así una opinión volátil y superficial, hecha de interpretaciones de la noticia y del empobrecimiento de las ideas. La pantalla es un fogonazo que deslumbra y que determina los conceptos. La pantalla, en estos días, se mete en cada casa la infinita frustración y el miedo que dejan la crueldad, la corrupción, el cinismo y el disparate. Nos satura de espectáculo. Y vemos cada noche cómo se desarma la república, cómo se destruye el país ante nuestra impotencia y confusión. Y cómo la cultura se entierra entre hipótesis y afirmaciones construidas con la prisa que imponen los tiempos y con los recursos tecnológicos al uso. Todo así, pero con la ausencia de aquello sobre lo que se construyó la cultura, el arte, la capacidad crítica, y las obras maestras, el ejercicio de la reflexión como patrimonio humano, y no como cesión de las ideas a los algoritmos o a otras mecánicas de reemplazo.Lo que refleja con raras excepciones la pantalla –el escándalo, la violencia– ha desplazado silenciosamente a los conceptos “aburridos”, pero necesarios, como democracia y legalidad, Estado de derecho y responsabilidad. Prosperan, en cambio, los espacios que le dedican todo el tiempo, el necesario y el innecesario, a las elecciones, a los debates de subalternos y a la chismografía política camuflada de opinión o de denuncia. Las pantallas dejan la impresión –al menos en quien escribe esta nota– de gran confusión, de noticia instantánea, de veloz disolución de escándalos semanales, de disparates y de un escenario que en nada se parece a lo que, con cierta arrogancia o ingenuidad, llamábamos “cultura”.Por cierto, en la pantalla está el fútbol y las banderas que migraron de la política a los estadios, está la pasión detrás del balón. Pero está, por cierto, la violencia que invade todo, y el disparate que nos abruma. (O)
Fabián Corral B.: La pantalla | Columnistas | Opinión
Las pantallas dejan la impresión de gran confusión, de noticia instantánea, de veloz disolución de escándalos semanales...









