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En los últimos 4 años, el sistema de salud ha transitado de un malestar crónico a una sala de cuidados intensivos. El diagnóstico inicial y el tratamiento, aunque pudieron estar cargados de buenas intenciones, el fortalecimiento de la rectoría y de la atención primaria, y la mejora en la prestación de servicios, se distorsionaron y han llevado a resultados contrarios a los esperados, lo que puede significar un retroceso en indicadores sobre el estado de salud. La falta de consensos y la subvaloración del conocimiento, la gestión errática en las entidades rectoras y la confrontación permanente, han derivado en una crisis profunda que golpea a pacientes y a sus familias.

No todo ha sido negativo. Entre los avances que merecen continuidad y fortalecimiento, se destacan: la consolidación de la ADRES como fondo único del sistema, con capacidad para realizar giros directos a prestadores y operadores logísticos, así como el desarrollo de un sistema de información que aporta trazabilidad y transparencia sobre el gasto; el impulso al discurso y la práctica de la atención primaria en salud, incluidos los equipos básicos de salud como apuesta que amerita revisar para fortalecer o reconducir; la preocupación por la red pública y las propuestas orientadas a ganar soberanía sanitaria.