Ocupa la zona más elevada de la ciudad, dominando visualmente todo el territorio. Las investigaciones arqueológicas han revelado una secuencia de ocupación humana dilatada en el tiempo, con una presencia continuada que se remonta al menos hasta el siglo IX a.C. Desde sus orígenes en el Bronce Final, el yacimiento arqueológico de la Plaza de Armas de la localidad sevillana de Écija ha sido testigo mudo de civilizaciones antiguas fundamentales. Las excavaciones actuales permiten a los visitantes observar niveles ocupacionales acumulados durante casi tres milenios. Este espacio emblemático, que antaño fue un punto degradado y marginal, hoy se recupera para el disfrute ciudadano. Los hallazgos de época romana son los que presentan, actualmente, un estado de conservación mucho más sobresaliente y único.
Las raíces más profundas de este alcázar de la provincia de Sevilla se hunden en el Bronce Final, con restos de cabañas circulares. Con el tiempo, el asentamiento evolucionó hacia la ocupación de los turdetanos con calles pavimentadas y urbanismo complejo. De ahí que en el centro del yacimiento destaque un edificio de esta época vinculado al culto religioso de gran importancia. Los restos turdetanos se identifican con la Astigi Vetus mencionada por Plinio el Viejo en sus crónicas de antigüedad. Esta fase previa a la llegada de Roma muestra la sofisticación de los pueblos indígenas que habitaban la zona. El aprovechamiento del relieve natural permitía a estos pobladores controlar el cauce cercano del río Genil y sus rutas. La posición estratégica del cerro de San Gil garantizó una continuidad poblacional hasta los tiempos actuales.









