El neurocientífico David Bueno, la pedagoga Mar Romera, la educadora ambiental Katia Hueso y la psicóloga Beatriz Cazurro cuentan cómo el juego libre, el aburrimiento y la autonomía favorecen aprendizajes esenciales durante las vacaciones, muchas veces sin que los niños sean conscientes de ello
Hay aprendizajes que no caben en un cuaderno ni aparecen en un boletín de notas. Suceden cuando un niño organiza un partido improvisado en la playa, se aburre una tarde de agosto, discute con un amigo y encuentra la manera de reconciliarse con él o descubre que puede ir solo a comprar el pan. El verano, con sus días más largos y sus rutinas más flexibles, es también una escuela. Una en la que la autonomía, la creatividad o las habilidades sociales encuentran un espacio que durante el curso resulta mucho más difícil.
Jugar, aburrirse, explorar, resolver pequeños conflictos o tomar decisiones cotidianas son experiencias que dejan una huella profunda y ayudan a construir competencias esenciales para la vida adulta. El neurocientífico David Bueno, la pedagoga Mar Romera, la educadora ambiental Katia Hueso y la psicóloga Beatriz Cazurro explican por qué estos aprendizajes invisibles son uno de los mayores regalos de las vacaciones.










