La Nación llevaba años enferma.
No era una peste de bubones ni de ratas. Era peor. Nadie creía ya en los oráculos ni en las sentencias. Los comerciantes pesaban dos veces las monedas, los novios se juraban amor ante testigos y los niños, cuando jugaban a jueces, preguntaban primero de qué partido era el acusado para amoldar la sentencia.






