Bielorrusia es sin duda el país más desconocido de Europa. Asentada en un pasado —o presente— soviético, la nación lleva 32 años bajo un mismo dictador y una historia encajada entre los vientos políticos de la Unión Europea y de Rusia, así como de las tormentas que generan. Desde pequeño, a Argemino Barro (1984, Mugardos, La Coruña) le fascinó ese agujero del mapa que sus profesores de clase eludían debido a una complejidad que nadie parecía entender o querer explicar. Su último libro, El padre del pueblo: Un viaje a la dictadura de Bielorrusia, de Siglo Veintiuno Editores, es una ventana a este lugar hermético y la historia de su mandatario, que sirve de ejemplo, o advertencia, de las corrientes autoritarias que recorren la actualidad. "Bielorrusia me llamaba especialmente porque era el último caso que quedaba, aunque más taimado, del comunismo. Un intento de construir una utopía que acabó en un experimento atroz", explica el periodista de El Confidencial en esta entrevista. "Yo me crié en democracia y me parecía interesante ver cómo se vivía en una dictadura y cómo se había llegado hasta ese sistema", recuerda Barro. Por eso, con unos pequeños ahorros, decidió partir desde París, donde vivía en 2012, para realizar su primer viaje. Cuando finalmente llegó a la 'Rusia Blanca', lo primero que le impactó fue "la normalidad". "Había familias, negocios, restaurantes y cafés abiertos: una vida normal, porque para la mayoría de la gente la política no es una prioridad", rememora. En la primera parte de su libro, el autor desgrana una sociedad que llevaba dos décadas bajo una dictadura que entonces se veía como "un mal menor". "Hay un nivel de trauma en la historia de Bielorrusia incomparable con otros países de alrededor, sobre todo debido a las Guerras Mundiales, en las que el país fue invadido varias veces e incluso troceado", apunta Barro. Cuando se instaló el régimen comunista, el país vivió una época "de bastante prosperidad, con un impulso a la industria y al desarrollo de infraestructuras. Todo esto se tuerce con su disolución: desempleo, depreciación de las pensiones, falta de recursos, etc.", matiza el periodista. Esto allanó el terreno para un nuevo cambio. Portada del último libro de Argemino Barro La llegada del dictador En ese momento de la historia, en 1994, es cuando entra el personaje que da título al libro y que dirigirá la nación hasta la actualidad. "Lukashenko se presenta como el que va a recuperar la estabilidad, el Estado y los valores soviéticos de los que la población estaba tan orgullosa", resume Barro. Además, destaca, hubo un patrón que se ha ido repitiendo en el camino de los dictadores, incluso, hasta nuestros días. "A Lukashenko tanto sus aliados como sus enemigos lo vieron como un peón más. Pero es que a todos los autócratas los han subestimado", advierte Barro. Pone como ejemplo a "a quien la élite alemana lo trató como un demagogo de tres al cuarto que daba discursos en cervecerías y apelaba al populacho". También a Stalin, visto al principio "como un georgiano con un brazo paralizado, la cara picada de viruela, y que hablaba ruso con mal acento". Otro fue Franco, "un general bajito de voz aflautada que empezó opacado por el resto de comandantes golpistas". Y a Trump, remarca, "lo vieron como alguien que sólo buscaba provocar y ganar dinero, pero que ha sido elegido y reelegido contra pronóstico y está cambiando el país a marchas forzadas". El nuevo régimen de Lukashenko se rigió durante décadas entre la balanza de la represión y la apertura. "El régimen jugaba con mecanismos híbridos, sin imponer una cerrazón completa: dejaba que los periódicos trabajaran, que hubiera algunas manifestaciones o que incluso que algunos opositores se presentaran a las elecciones, pero siempre, bajo cuerda y vigilancia. Cuando detectaba que el pueblo se venía arriba, buscaba alguna excusa para librar una nueva campaña de represión", describe el periodista. Estos periodos de mayor libertad no sólo intentaban evitar que la sociedad se convirtiera en una olla a presión, sino que era parte de una partida a la que naciones como Georgia, Armenia y Ucrania, han estado "condenadas a jugar", ante la influencia de Rusia y las oportunidades de la Unión Europea. "Los periodos de apertura coincidían siempre con acercamientos a la UE, a través de la liberación de presos políticos o la creación de nuevos partidos opositores, que servían a Lukashenko para abrir el comercio y atraer inversiones europeas. Los períodos de opresión, por el contrario, eran acercamientos a Rusia”, explica. TE PUEDE INTERESAR El dictador mantuvo este equilibrio durante años hasta que, como explica en la segunda parte de su libro, las nuevas generaciones trajeron una ola de demandas de libertad, transparencia y renovación. "En Bielorrusia si tienes 32 años no has conocido a otro presidente que no sea Lukashenko. Tienen a su alrededor democracias, libre mercado, internet, redes sociales. Ven que otros países como Polonia no están en el caos, que los malos gobernantes se pueden cambiar y que nuevas políticas se pueden aplicar", reseña. La olla finalmente estalló, o como prefiere decir el periodista, "le crecieron los enanos a Lukashenko" en 2020. O las enanas, mejor dicho. Tres mujeres unieron sus campañas electorales para plantarle cara: Svetlana Tikhanovskaya, Maria Kolesnikova y Veronika Tsepkalo. "Lukashenko cometió el mismo error que lo llevó a él al poder y las infravaloró, llegando a decir que 'eran excelentes haciendo croquetas pero no pintaban nada en política'", cuenta el autor. En pocos meses, el apoyo popular de las tres mujeres se tornó en una amenaza demasiado grande. "Tenía dos opciones, o ceder el poder o venderse a Moscú. Optó por la segunda opción", lamenta Barro. El péndulo finalmente se rompió. El ejemplo que Ucrania no siguió Bielorrusia desde entonces, "se ha convertido prácticamente en una provincia de Rusia. Están en el periodo más represivo de su historia y con la mayoría de los opositores en la cárcel o el exilio", afirma el autor. Unos meses después comenzaría la invasión a gran escala de Ucrania, en la que Putin intentó repetir el mismo modelo de rusificación que venía dándose desde hacía décadas bajo Lukashenko. "El sueño de Moscú era convertir al país en una Bielorrusia. No sólo lo ha conseguido, ha logrado todo lo contrario", asegura. Barro analiza que la ofensiva, que Putin intentó vender como un rescate a la identidad rusa de buena parte del país, ha dejado "bajo mínimos" la opinión que los ucranianos tenían de sus vecinos eslavos. "En 2002 vi a Vladimir Putin visitar la ciudad ucraniana de Zaporiyia y fue recibido como un héroe. Sentían a los rusos como hermanos. Esto ha sido casi destruido, paradójicamente, por los propios rusos", afirma. La guerra en Ucrania, que detalla en su libro Mariúpol, última batalla, es esencial para decidir el futuro de Bielorrusia y del resto de países encajonados en la política pendular con Rusia. "Para estos países hay alternativa si Moscú es derrotado y comprende que ya no vive en el siglo XIX. Le ha pasado a otros países con vocación imperialista, como España en 1898 o a Japón en la Segunda Guerra Mundial. Rusia no ha sufrido una pérdida de ese nivel en su historia reciente y tiene una visión política muy continental y basada en la fuerza", analiza. Una corriente que se está repitiendo Aunque Bielorrusia y su futuro pueda parecer limitado por Rusia y su pasado soviético, la lectura de El padre del pueblo arroja verdades incómodas sobre cómo cualquier gobierno se puede transformar en una terrible dictadura. "Es un aviso de lo que está por venir”, alerta el periodista. "La historia sirve para trazar paralelismos de lo que está pasando en EEUU y otros países. La mayoría de los regímenes autoritarios se instalan con la táctica del 'salchichón', cortando pequeñas lonchas, ninguna demasiado dramática para soliviantarnos, pero que juntas nos llevan a un día en el que no hay marcha atrás", explica Barro, quien en la actualidad trabaja como corresponsal de El Confidencial en Estados Unidos. TE PUEDE INTERESAR Opinión Otro ejemplo de esta trayectoria sería la caída de la libertad de expresión: "EEUU es el país de la Primera Enmienda, de la prensa libre, y sin embargo está ahora viviendo un proceso de recesión: compra de medios de comunicación por amigos del aspirante a autócrata, demandas millonarias a medios, investigaciones de periodistas, persecución de informantes del Gobierno…", cita el autor, arrojando más similitudes con la maquinaria de Lukashenko que describe. "Aquí la gente rechaza ver lo que tiene delante ya sea porque les da miedo o porque les faltan los conocimientos para entenderlo", sentencia. No obstante, las claves de una sociedad que podría seguir los pasos hacia un régimen totalitario, en su opinión, son claras: "Las encuestas muestran que hay más gente que nunca que toleraría una dictadura militar. El auge de Trump es una relación directa con el desencanto de la democracia y querer mano dura. Creen que acabar con ese 'gallinero' de debate libre y actuar de forma tajante resuelve las cosas. Pero luego se demuestra que no es así", concluye Barro, señalando a su último libro como una clara evidencia de ello.