La evidencia sugiere que la hiperespecialización es cada vez menos una virtud y más un riesgo. Robert Root-Bernstein descubrió que los ganadores del Premio Nobel tienen veintidós veces más probabilidades de ejercer también como actores, bailarines o magos que otros científicos. Andrew Ouderkirk analizó diez millones de patentes del último siglo y mostró cómo las contribuciones de los especialistas alcanzaron su pico en 1985 y no han dejado de caer. Philip Tetlock, tras recolectar 82.361 predicciones, concluyó que los mejores pronósticos no pertenecen a los expertos especializados, sino a los “zorros” —aquellos con intereses múltiples y variados.Con la abrumadora cantidad de información disponible, redes sociales que siempre nos exigen más y una agenda cada vez más apretada, muchas veces surge el clásico “no tengo tiempo para eso”. Pero el panorama puede ser más esperanzador de lo que parece.Charles Darwin terminaba su jornada antes del mediodía y pasaba las tardes caminando. Los violinistas de élite que Anders Ericsson estudió tomaban regularmente más siestas que sus pares. Un estudio de Van Zelst y Kerr sobre científicos encontró que quienes trabajaban sesenta horas a la semana eran menos productivos —medido en publicaciones e impacto— que aquellos que trabajaban entre diez y veinte. Nada de esto encaja con el retrato del profesional que el siglo XXI canonizó: el genio hiperespecializado que trabaja sin parar, renuncia al sueño y tiene abiertas veinte pestañas en el navegador. ¿Y si el problema no es la falta de tiempo, sino de método?La primera trampa es creer que dominar varias disciplinas exige trabajarlas en simultáneo. El éxito polímata de Arnold Schwarzenegger no nació de la multitarea, sino de una obsesión secuencial: se concentró en el fisicoculturismo hasta ser el mejor del mundo, luego pasó al cine de Hollywood y, finalmente, volcó esa intensidad en la política hasta convertirse en gobernador de California.En el día a día, el multitasking deteriora el rendimiento debido a lo que Sophie Leroy denomina “residuo atencional”: cuando una tarea queda abierta, una parte de la mente sigue trabajando en ella aunque el cuerpo ya esté haciendo otra cosa. Según demostró la investigadora Gloria Mark, tras una sola interrupción el cerebro tarda un promedio de 23 minutos en recuperar el hilo original. Benjamin Franklin, uno de los polímatas más influyentes de la historia, parece haberlo entendido hace más de doscientos años. En su autobiografía documentó un sistema de trece virtudes que quería cultivar —sinceridad, justicia, moderación, entre otras. Diseñó un libro físico con una página por virtud, siete columnas para los días de la semana y trece filas para cada virtud. Cada noche marcaba con un punto negro cada falta cometida, con el objetivo de ver cómo esos puntos iban desapareciendo con el tiempo. La clave fue que Franklin no intentó cultivarlo todo a la vez: se centraba en una virtud por semana, completaba el ciclo y volvía a empezar. Algo notable es que lo que el sistema de Franklin registraba no eran los logros, sino los fallos. Josh Waitzkin, campeón estadounidense de ajedrez en su adolescencia y más tarde campeón mundial en las artes marciales, desarrolla en The Art of Learning un principio que llama “inversión en pérdida”: buscar deliberadamente el fracaso. Waitzkin pasó meses siendo arrojado contra las paredes por un compañero de entrenamiento mucho más fuerte llamado Evan. Con el tiempo los papeles se invirtieron: Evan, incómodo con la derrota, retrocedió hacia rivales principiantes. Años después, Waitzkin era campeón mundial; Evan seguía en el mismo nivel en que los dos se habían conocido. En psicología cognitiva este mecanismo se denomina “dificultades deseables”. Robert Bjork acuñó el término para describir desafíos que, aunque complejos a corto plazo, garantizan una retención y transferencia superiores. El cerebro consolida mejor lo que le cuesta; la práctica cómoda es, paradójicamente, la menos eficiente. Otra trampa a evitar es carecer de criterio al elegir qué disciplina practicar. Así como en economía existen los bienes complementarios y sustitutos, las habilidades pueden pensarse de forma análoga: dos habilidades son complementarias cuando tenerlas juntas produce más que la suma por separado, y son sustitutivas cuando una reemplaza a la otra. Un programador puede beneficiarse de aprender neurociencia, estadística o inglés; difícilmente se beneficiará de convertirse en chef, bailarín o modelo. Es difícil ser el mejor programador del mundo, pero es más fácil ser el mejor híbrido entre programador, neurocientífico, estadístico y bilingüe. Esto se conoce como “skill stacking”: apilar habilidades para crear un nicho único en su intersección, posicionándose como un bien irremplazable por la baja o nula competencia en ese cruce. El Nobel de Economía Gary Becker distinguió las habilidades generales —sirven para cualquier empresa— de las específicas —sirven para una en particular. En una era inestable, el capital general —aprender, escribir, comunicar, manejar finanzas o las virtudes de Franklin— funciona como infraestructura silenciosa: no siempre produce retornos inmediatos, pero aumenta el valor de casi todo lo que se aprende después. El modelo que mejor captura esta intuición en el mercado laboral contemporáneo es el de la “persona en T”. Tim Brown popularizó esa figura para describir personas capaces de aportar desde una disciplina pero también de entender el lenguaje de otras. El polímata moderno no es alguien que sabe un poco de todo, sino alguien que tiene una raíz profunda y varias ramas útiles. Aunque ser una “persona en T” suena alentador, la pregunta incómoda que todavía no abordamos es cuánto tiempo requiere llegar ahí. Malcolm Gladwell popularizó el número de las diez mil horas para ser un experto, pero el propio Ericsson —autor de los estudios que Gladwell citaba— pasó años aclarando que las diez mil horas no garantizan excelencia, ni aplican igual a todos los dominios. En la vereda opuesta, Josh Kaufman sostiene en The First 20 Hours que bastan veinte horas de práctica para alcanzar una competencia básica en cualquier dominio. Ambas teorías dejan vislumbrar que “¿cuánto tarda aprender algo?” es una pregunta mal formulada desde el inicio: asume que el aprendizaje tiene un punto de llegada. Luego de más de cincuenta años de haber ejecutado su sistema de las trece virtudes por primera vez, Franklin escribió: “Sin haber llegado ni mucho menos a la perfección, al menos me cabe la satisfacción de haberlo intentado; lo que en sí, estoy convencido, ha contribuido a hacer de mí un hombre mejor y más feliz”.Se podría concluir que el polímata no se define como alguien que domina muchas cosas, sino como alguien que aprendió a tolerar el estado permanente de estar en proceso de aprender algo nuevo todos los días. El autor es campeón argentino y sudamericano de speedcubing (resolución del cubo Rubik)
El método de los polímatas para dominar muchas habilidades
Ser un especialista de por vida ya no es una garantía de éxito para el mundo que viene; cuál es la receta de quienes lograron el éxito en distintas disciplinas y qué se puede aprender de ellos






