El espacio ha dado vida a la plaza Lex Flavia Malacitana, junto a la universidad de Málaga.A simple vista parece uno más de los 422 quioscos que hay en la ciudad de Málaga, verde, sobrio, en plena acera. Pero en cuanto se alza su persiana metálica todo cambia. Donde tradicionalmente hay chucherías, revistas, libros, juguetes o crucigramas, hay una lámina de acero inoxidable troquelada. Sobre una encimera horizontal, una máquina de café. Y, detrás, una cortina verde con luz cenital que es puro teatro. Ahí, como protagonistas de una comedia americana, es fácil ver al argentino Augusto Gigli, el marroquí Fahd Khouttaif o el israelí Maor Band servir bebida caliente a los viandantes. Muchos son vecinos del barrio de El Ejido. Más aún los estudiantes de la cercana Universidad de Málaga, la Escuela Superior y de Arte San Telmo y el Conservatorio Superior de Música, todo a un paso. “Si hay un sitio que podría tener un proyecto así, es este”, subraya Gigli, feliz por el primer aniversario de Kiosquito, donde también realizan presentaciones de fanzines o discos, actuaciones y performances. Ahora trabajan para ofrecer un formato tiny desk de aires malaguitas en sus siete metros cuadrados. Cuentan los emprendedores —treintañeros que se conocieron en la vida social malagueña— que fue un viaje por Europa el que les abrió los ojos. “Lisboa, París, Ámsterdam. Vimos que había quioscos con café, propuestas diferentes. Y que la gente respondía bien”, relatan. También se habían fijado en el trabajo de News & Coffe en Madrid, donde celebran la iniciativa de Quiosco Morrison, centrado en vinilos. Más allá: Épico Street, Osco o Pide un deseo, centrado en joyería. En el imaginario de estos amigos también estaban los clásicos de Nueva York o cualquier otra ciudad de Estados Unidos tantas veces reflejadas en el cine o las series. Así que al volver a Málaga —donde todos residen desde hace años— quisieron hacer algo parecido. No encontraron un lugar disponible, pero a finales de 2024 el ayuntamiento abrió el plazo para la concesión de 45 nuevos quioscos. Ellos rellenaron la solicitud y en marzo de 2025 recibieron una llamada: lo habían conseguido. Fue justo en el primer sitio que habían solicitado y que nadie más había pedido, la plaza Lex Flavia Malacitana. La eligieron por varios motivos y dos son muy relevantes. El primero, logístico: viven a 300 metros. El segundo, la vida universitaria gracias a la cercanía de las facultades de Arquitectura, Bellas Artes o Económicas, además de la escuela de San Telmo, el conservatorio y el Teatro Cánovas. “Si no íbamos a estar en un lugar turístico, lo mejor es que estuviera en un sitio como este donde se respira un ambiente creativo”, señala Gigli. Tras un lustro en desuso, el quiosco estaba para el arrastre. Llamaron al arquitecto Fran Toré, de 28 años, para ver si tenía sentido rehabilitarlo o era mejor poner uno nuevo. “Me contaron la idea y me gustó mucho porque se sale de la norma, no es nada habitual. Y es justo lo que suelo hacer”, explica Toré. El nombre de Kiosquito sugirió al profesional hacer pequeño algo que ya es pequeño de por sí. “Y tiene fuerza precisamente por eso, porque algo de esas dimensiones tan mini tiene la capacidad de activar un entorno, como la plaza que tienen delante”, añade. Recomendó renovarlo y se hizo cargo: decidió partir de la imagen tradicional —un local repleto de revistas, chucherías, objetos, periódicos, refrescos, tabaco y todo lo que se pueda vender— para olvidar la congestión. Cambiar lo barroco por algo simple que mostrara a primera vista que aquí son cuatro cosas las que hay: café, dulces, agua fresca y revistas muy seleccionadas. Una cafetería y una librería, nada más. “Pongamos eso en valor y eliminemos el resto”, decidió Toré. Lo pintaron de verde carruaje y lo reformaron a partir de una zona privada, su interior, desde donde se ponen cafés y también hay hueco para almacenaje y un frigorífico. Instalaron una plancha de acero satinado, con troqueles, que se dejó cruda, gris. Después un telón que da valor teatral y una luz cenital que resalta al protagonista, el kiosquero, casi como un monologuista del café. La zona pública cuenta con los jardines cercanos, con árboles en los que refugiarse de lluvia o sol y bancos para descansar y compartir. “Ahí se consiguen activar relaciones que no siempre están ligadas con el consumo, algo cada vez más difícil de ver en el espacio público que se privatiza”, apunta Toré. Sin terraza, es el propio mobiliario el que completa la propuesta. Como guinda, hay un guiño al quiosco tradicional: una puerta lateral que se abre en desplegable y donde se pueden ver, tras estanterías de metacrilato, las publicaciones. Afuera, en la parte alta, todo está apuntalado por la palabra Kiosquito en una tipografía que recuerda a las viejas imprentas, imagen visual creada por María Almeida. La maqueta del proyecto es hoy una de las más destacadas en la exposición Archipiélagos. Arquitectura sin centro, que se puede ver en el MuCAC de Málaga.El proyecto recibió a finales de junio el premio Málaga de Arquitecturas Mínimas otorgado por el Colegio Oficial de Arquitectos malagueño, cuyo jurado valoró la transformación “con brillantez” del objeto contenedor de pequeña escala, su posterior rehabilitación y el uso de los materiales en la reforma “sin perder el necesario diálogo con su entorno en el espacio público”. “No vamos a vivir de la nostalgia”Ahora se puede pedir café de especialidad, té macha, infusiones, galletas y, de vez en cuando, piezas de bollería de obradores cercanos. “El café era imprescindible”, retoma Augusto Gigli, “pero no queríamos ser solo una cafetería: por eso las publicaciones son indispensables también”, afirma. Son elegidas por Judith Naess entre editoriales independientes o proyectos singulares. Entre ellas se pueden encontrar ejemplares de clásicos –Apartamento, The plant, Popeye o Blau international– hasta revistas locales Marisma o colecciones de flyers de raves de ciudades como San Francisco o Nueva York. Su presencia se completa con fanzines y otro tipo de iniciativas literarias que también se presentan en pequeños eventos que se realizan a caballo entre el espacio público y el privado. “Siempre sin molestar a los residentes”, avisa Gigli, que dice que la clientela en los primeros meses estaba mayoritariamente conformada por los estudiantes universitarios pero, ahora, un tercio son ya vecinos del barrio. Con la filosofía clara, el reto ahora es encontrar la viabilidad económica. “No vamos a vivir de la nostalgia ni queremos hacerlo”, destaca el emprendedor argentino, que subraya que este verano van a centrarse en realizar actividades puntuales y que en septiembre, con los estudiantes de vuelta, la apertura volverá a ser diaria. Hasta entonces, su agenda estival se centra en el proyecto Kiosquito Radio que incluirá a djs, músicos y otros artistas para que puedan utilizar este recinto para sesiones musicales en directo, como un tini desk hecho en Málaga que también de la alternativa a estudiantes del conservatorio. “Lo mejor es que estamos en la calle. Y no es como una tienda o restaurante al que la gente tiene que entrar, somos parte del vecindario. Estamos contentos aunque sabemos que nos queda un proceso largo por delante”, concluye Gigli mientras apaga la cafetera y baja la persiana por hoy. Mañana más.