Hamid y Ahmed estaban enganchados a las pantallas de sus teléfonos móviles. Sirenas, Hraya (término utilizado en redes sociales para referirse a la migración irregular), vídeos de jóvenes en el mar, una madre que llora la desaparición de sus hijos y un padre que, en cambio, aúpa en brazos a su bebé, de escasos meses de edad, mientras se sumerge en la playa de Castillejos, la ciudad marroquí fronteriza con Ceuta.
400 kilómetros separaban a Hamid y Ahmed de su destino final. Se escapan de la represión policial en la estación de tren de Casablanca y, después de mucho esperar, subieron al tren cuando marcaban las 17:00 de la tarde del 30 de julio. Hraya Ceuta. “No nos queda nada, solo Dios”, dice Hamid en conversación con elDiario.es.
De camino a Castillejos, Hamid y Ahmed consiguieron subirse a un coche privado que avanzó hacia la frontera con la ciudad autónoma. Ese paso donde, desde la mañana del jueves, miles de jóvenes se habían agolpado. Una hilera de coches marchaba hacia la ciudad marroquí mientras decenas de personas como Hamid y Ahmed avanzaban, andando, desde Tánger hasta Castillejos. 75 kilómetros. A las 00.00 horas de la noche, los pitidos de los coches y las sirenas de los furgones que intentaban llegar el cruce en España rompían el silencio propio del mar.










