El rifirrafe de ayer, ya lo hemos olvidado. La refriega de hoy, mañana la olvidaremos. Pero seguiremos recordando con quién y dónde estábamos cuando la selección masculina de fútbol ganó El Mundial de 2026. Y les admiramos. Claro que sí. Por su deporte. Limpio, esforzado, cordial. Incluso disfrutón. Y porque se parecen demasiado a la sociedad que nos rodea. Son casi tan diversos como nuestros barrios. Y nos identificamos. O nos queremos identificar. Necesitamos alegrías compartidas que nos permitan coger aire de la charca de la mala leche nacional. Qué bien sienta sentirnos parte del triunfo. Que bien sienta ponernos de acuerdo. No nos llevemos prima económica, pero sí emocional.La emoción siempre tan contagiosa. La de verdad, la que queda en la retina. A veces, con suspiro incluido. Como el que nos despertó contemplar a Gaudí apareciendo sobre la Sagrada Familia para dar ‘ok’ a su torre de Jesucristo recién acabada. En una sociedad de la imagen, aturdida de sobreimpactos audiovisuales de usar y tirar, la retransmisión de la bendición del papa a la Sagrada Familia nos dejó huella. Porque había una historia bien concebida, pensada, ensayada, meditada, en una época donde reina la improvisación. Y todo parece cazado al vuelo. Aquí no. Aquí se dibujaron bien las ideas para comprender mejor un edificio que es pura escenografía para la eternidad. Con la luz correteando por la basílica. Con el rostro de su arquitecto hecho en drones. Con su frase escrita entre las estrellas: “Primero el amor, después la técnica”. Una proclama que nos dejó reflexionando. Justo en el instante en el que estamos apunto de delegar las cosas del pensar a la IA.Es el quid de la cuestión. Las imágenes van más rápido que las ideas. Cuando nos ponemos a reflexionar sobre una imagen, irrumpe otra imagen y tapa la imagen anterior. No es un trabalenguas. Es un trabamemorias. Y sin memoria estamos perdidos. También sin trabajarnos la curiosidad. Mejor si la entrenamos desde esa mirada juvenil que no para de hacerse preguntas con el entusiasmo de confiar en que puedes cambiar el mundo. Incluso a mejor. Así Valentina, con 12 años, nos explicó la Sagrada Familia. Su estudio de la torre de Jesucristo nos dio el contexto y fue abriéndonos las mente a matices que se les escapan por completo a otros que creen ver con precisión. Lo hizo tocando la maqueta creada para que las personas con discapacidad visual puedan sentir la creatividad de las formas de la Sagrada Familia. Tocar lo tangible para explicar lo intangible. Y lo hizo con la calma que no tiene prisa. La calma que tampoco se acoquina por pararse a preguntar ¿quién eres? Cuando no puedes ver quién está hablando. Hacer equipo, la creatividad elaborada, el conocimiento que nos descubre y la calma que nos permite procesar las ideas. Son cuatro llaves que tejen memoria entre tanto discurso gritón y tan efímero impacto audiovisual. Juntas y por separado. Y, sin embargo, haciendo memoria sobre la temporada televisiva… nos percatamos de cómo la tele supo grabar los grandes momentos creativos pero no los ideó en sus platós. Hasta Rosalía se fue a Estados Unidos para consumar en un estudio de televisión una escenografía magistralmente memorable par la puesta de largo de La Perla (vean el análisis aquí). Ni siquiera cuando Amaia Montero salió con su edredón nórdico puesto encima en su retorno a La Oreja de Van Gogh. Tampoco fue en un estudio de tele. Gran golpe de efecto porque iba, de nuevo, a la emoción que fuimos. Nos toca dedicar más confianza a los creadores que inventarán las emociones que seremos. O nuestros recuerdos serán solo a retales de discusiones televisivas histriónicas o jocosos memes: efectistas, auténticos, sí, pero quizá tan breves como vacíos por dentro.