Cuatro mujeres mayores charlando en bata. Una tarta de queso compartida. Una pequeña cocina de Miami. La mayoría identificaría la serie sin haber visto un solo capítulo. Así de icónica es. Pero, ¿cuánta gente se la pondría ahora desde el principio? Poca, y es una pena, porque la primera sorpresa de recuperar Las chicas de oro es descubrir hasta qué punto la hemos simplificado.PublicidadVale, la estética no ayuda: los peinados, la ropa y los decorados hacen pensar en un producto viejo, pasado de moda. Pero pocas sitcoms han construido personajes tan distintos y tan perfectamente complementarios. Dorothy Zbornak tiene una inteligencia seca, mucha ironía y una paciencia limitada para la estupidez; Blanche Devereaux nunca acepta que la edad pueda convertirse en un veto para el deseo; quizá Rose Nylund sea muy ingenua, pero su visión del mundo esconde una inesperada lucidez; y qué decir de Sophia Petrillo, pues que convirtió la vejez en algo mucho más interesante que una fuente de ternura.Porque Sophia no era la abuela que la televisión acostumbraba a mostrar. Antes de que llegara la Lucille Bluth de Arrested Development, ella ya había demostrado que una mujer mayor puede ser el personaje más peligroso y divertido de una habitación. No era sabia por ser anciana, ni adorable por ser vulnerable. Era egoísta, exagerada, cruel cuando convenía y absolutamente incapaz de callarse. Esa mezcla de experiencia y falta de filtro abrió un camino que recorrerían muchas comedias.Lo mismo ocurre con Blanche. Durante décadas, la ficción permitió que los hombres conservaran su atractivo, sus deseos y su vida sentimental hasta el día de su muerte y, sin embargo, convirtió a las mujeres mayores en seres asexuados. Blanche fue una respuesta cómica a tan reaccionaria idea: una mujer que se negaba a desaparecer solo porque los demás consideraran que debía hacerlo. La Samantha Jones de Sexo en Nueva York le debe mucho más de lo que suele reconocerse.Pero lo verdaderamente revolucionario de Las chicas de oro no estaba en sus personajes, sino en el lugar que ocupaban. Creada por Susan Harris, la serie no puso a cuatro mujeres mayores alrededor de una vida ajena, sino en el centro absoluto del relato. No eran madres de los protagonistas, ni suegras molestas, ni abuelas que aparecían para ofrecer un consejo motivador antes de desaparecer. Eran seres humanos con problemas, deseos y contradicciones.PublicidadSuele decirse que Las chicas de oro era una serie adelantada a su tiempo, pero quizá habría que formularlo de otra manera. Porque, en ciertos aspectos, fue más valiente que cualquier producción actual. Se han multiplicado los presupuestos, los espacios televisivos y las posibilidades narrativas, pero siguen produciéndose muy pocas ficciones donde las mujeres mayores sean las estrellas.Las chicas de oro entendió que envejecer no significa abandonar la vida. En lugar de perder el tiempo recordando quiénes habían sido, sus protagonistas estaban empeñadas en seguir siendo alguien. Tenían citas, hablaban de sexo, se enfrentaban a problemas económicos, se equivocaban, se enamoraban y tomaban decisiones absurdas. Lejos de aparecer como una etapa de cierre, la vejez estaba llena de conflictos, anhelos y posibilidades.Esa mirada explica la cantidad de temas que fue capaz de introducir. No hablaba de asuntos sociales porque quisiera impartir lecciones, sino porque entendía que formaban parte del día a día. Visibilizó el VIH a través del miedo de Rose tras una transfusión de sangre, en una época en la que abundaban los prejuicios y la desinformación al respecto. Abordó la homosexualidad con una naturalidad pasmosa, incluyendo a la amiga de Dorothy y por supuesto al hermano de Blanche, quien, mucho antes de que el matrimonio entre personas del mismo sexo estuviera permitido, celebró una ceremonia de compromiso con su pareja. También trató el alzhéimer, la muerte digna, la discapacidad, los problemas económicos, la discriminación laboral, el acoso sexual, la violencia machista, la inmigración, la adicción a los analgésicos, la fatiga crónica y, por supuesto, el edadismo.PublicidadEso no significa que la serie sea perfecta ni que haya que mirarla con nostalgia acrítica. Como cualquier sitcom nacida en 1985, contiene chistes y convenciones que hoy se perciben de otra manera. Hay situaciones que se resuelven con una ligereza muy propia de la época y algunos planteamientos que merecen una revisión. Aun así, sorprende comprobar que sus problemas han envejecido mejor que los de la mayoría de las producciones posteriores. En general, el guion (coescrito por hombres y mujeres) no se burlaba de quienes eran diferentes, sino de los prejuicios de los propios personajes.Luego están los defectos puramente televisivos. Las protagonistas evolucionan poco, las propuestas de matrimonio se acumulan hasta el absurdo y las contradicciones entre temporadas son frecuentes. Pero es que Las chicas de oro no necesitaba convertir cada episodio en la pieza de un gran rompecabezas. El verdadero motor de la serie no era la trama, sino la convivencia entre cuatro personalidades irrepetibles.Quizá por eso funciona todavía hoy. En una época en la que muchas ficciones parecen exigir una dedicación casi laboral, Las chicas de oro recuerda el placer de volver a un lugar conocido. No hace falta preguntarse qué gran misterio resolverá el siguiente episodio; basta con querer escuchar otra conversación entre las protagonistas. La televisión como compañía, no como experiencia que completar.Y, claro, los Emmy respondieron con cariño. Cuando Betty White recibió el premio a la mejor actriz de comedia por la primera temporada, compartió el reconocimiento con sus compañeras. Al año siguiente le tocó a Rue McClanahan, y a la tercera fue la vencida para Bea Arthur, ganando también, como secundaria, Estelle Getty (su madre en pantalla, pese a tener un año menos). La propia industria reconoció que las cuatro chicas de oro eran igual de memorables. La magia estaba en el equilibrio.La vida quiso añadir una coincidencia extraña. Getty, Arthur y McClanahan fallecieron en años consecutivos, por lo que muchos temieron por White al siguiente. Sin embargo, ella continuaría trabajando hasta rozar los cien años, convirtiéndose en un símbolo de longevidad artística. De hecho, la revista People ya había preparado, impreso y distribuido un número especial por su centenario cuando murió unos días antes de alcanzarlo. Fue el involuntario chiste final de una actriz que hizo del humor una forma de resistencia contra el paso del tiempo.Pero el mejor homenaje a Las chicas de oro no es recordar a Betty White cada vez que aparece una lista de actores legendarios, sino verla, reverla y descubrir lo sorprendentemente actual que es. Surge así una pregunta incómoda: cómo es posible que la idea de cuatro mujeres mayores sentadas en una cocina siga pareciendo, cuatro décadas después, tan revolucionaria.