La serie más adictiva de lo que va de verano ha contado las idas y venidas de la alta sociedad neoyorquina a finales del siglo XIX. La edad dorada (HBO Max) puede parecer un drama de tacitas más, un culebrón de lujo como fue Downton Abbey, de la que es directa heredera —o antecesora en la cronología—. Y es las dos cosas, drama de tacitas y culebrón de lujo, y a mucha honra. Julian Fellowes, creador de la británica y la estadounidense, ha sabido cómo dotar de prestigio a un género que se tiende a mirar por encima del hombro, como si las cosas que le ocurrían a las señoras de bien de antaño fueran menos importantes que las de los vaqueros de Texas o los mafiosos de Londres.

En La edad dorada no solo hay historias de amor, vestidos, sombreros, bailes y recepciones en grandes salones. Desde el principio, la trama se ha centrado sobre todo en el choque entre aquellos que heredaron de su familia su hueco en la alta sociedad y aquellos que se ganaron su hueco arriba a través del dinero. El enfrentamiento es literal: a un lado de la calle, las hermanas Agnes y Ada (maravillosas Christine Baranski y Cynthia Nixon), que acogen en su casa a su sobrina Marian (Louisa Jacobson); al otro lado, la familia Russell, compuesta por un magnate de los ferrocarriles (Morgan Spector), su ambiciosa esposa (también maravillosa Carrie Coon) y sus hijos Larry (Harry Richardson) y Gladys (Taissa Farmiga). Y luego, un buen puñado de sirvientes en cada casa y varios amigos y rivales que completan un cuadro que muestra el enfrentamiento social que impulsa las tramas. Porque, como ya demostró Jane Austen una y otra vez en sus novelas, si hay algo que mueve al mundo más que el amor es el dinero.